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Full text of "La dinastía Santos-vidal"

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fGMENDESKYéHfJOljy 



SA^;^t<r.'J.^ 



'\ . 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERICAN COLLECTION 




THE CIFT OF ARCHIBALD CARY COOLIDGE, '87 

AND CLARENCE LEONARD HAY, '08 

IN REMEMBRANCE OF THE PAN-AMERICAN SCIENTIFIC CONGRESS 

SANTIAGO DE CHILE DECEMBER MDCCCCVIII 




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i. ' o 



wum mimi m iiicüiy 



LA dinastía 



sántos-vidál 



POF^ 



Alberto PALOMEquE 



! i 



Buenos Aires 

10020— Imprenta del Portrnik, calle de la Defensa 139. 
1886 



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V 



HARVAÜDCOLLEGEUSnARY 

eiFTOF — 

ARCHIBALD CARY C0eLID6I 
AND 
CLARENCE LEONARD HAY j 



>3e^i 0^ 1^ vo 



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Después de la derrota de los hombres de corazón toca 
su tamo á los de letras, los que, á pesar de todo, rinden 
seividos de importancia, cuando ya aquellos están tm- 
posibiUtados para la acción. 



Esa /acuidad de abstraerse de las cosas exteriores y 
de vivir en si mismo es ciertamente una cuaUdad pre- 
ciosa para un hombre de estudio y de raciocinio; es el 
ideal del filósofo : pero ¿no es un peligro, una falta en 
un hombre de acción y en U7i político f 



El écoito en los sucesos hummios corresponde aJ gla- 
diador ; y la victoria no se obtiene si no se consagra á la 
tarea toda el alma. En cuanto á esos teóricos ensimis- 
mados, que quieren conservarse ajenos á las pasiones 
del dia, es cierto qíie asombran á la mndtitud, pero no la 
arrastran; pueden ser sabios, pero representan mal su 
papel de jefes de pa/rtido. 

El reposo y el honor son dos cosas difíciles de conciliar- > 
se en épocas revohidímarias, y casi siempre se pierde wna 
de días al pretender conservar ambas. Los caracteres 
resueltos, que bien lo saben, hacen desde luego su elec- 
ción, y, según se sea Catón ó Atticus, desd/e él primer 
dia se deciden ó por el reposo ó por él honor. Los inde- 
cisos pasan de uno á otro, según las circunstancias, y 
comprometen las dos d la vez. 

BOISSIER. 

Como el padre que oí perder un hijo se consuela con 
presidir sus funerales, é iluminando con siis propias ma- 
nos la antorcha fúnebre, no lo abandona sino con senti- 
miento y h más tarde posible, asi, Roma, yó no te aban- 
donaré antes de haberte tenido muerta entre mis brazos. 
Seguiré hasta la cumbre tu nombre amado ¡ oh ICbertad ! 
aún cuando ya no seas sino una vana sombra. 

Catón. 



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Esta obra es propiedad del editor, quion se resenra, ios 
derechos que al respecto acuerdan las leyes. 

Cada ejemplar de eüa llevará el sello de la casa editora, 
que es el ünioo centro de suscricion. 

Eij Esitos. 




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I 

LOS ELEMENTOS HONRADOS 

Ueonir b^jo ana misma denominacióa 
elementos tan heterogéneos, pedirles la 
concordia Y la anidad qne exigen la mar- 
cha y. conducta qae se impone un partido 
político, era una ilnsiónqae solo la pasión 
puede esplicar. Antes do pensar en una 
acción común con tales auxiliares hubie- 
se sido necesario gastar diez años de dis- 
cusión filosófica para ilustrarlos, disipar 
sus preocupaciones, comunicarles una 
opinión práctica, razonada, aceptada por 
el mayor número. Luego, lo que Carrel 
les pedia era uua cooperación efectiva é 
inmediata. Era pretender levantar la roca 
de Sisifo. Cuántas veces se le vio, lucha- 
dor desesperado, medio agobiado bajo ese 
fardo terrible, levantarlo nuevamente con- 
tra el cielo con una resolución capaz de 
hacer palidecer á los Dioses ! 

La acción ha llegado á ser cosa tan 
rara en las mezquinas condiciones do la 
vida moderna, que debe considerársela 
como un beneficio inestimable por aquellos 
á quienes ella se ofrece, bajo una forma 
cualquiera, cuando aún son bastante jó- 
venes como para aprovecharla desarro- 
llando sus facultades. La responsabili- 
dad es la grau escuela de li vida humana. 
És la prueba á que se someten los hom- 
bres que moralmeute han nacido viables : 
cuiínto mas seria es más se fortifican el 
carádter y la inteligencia. 

La^frey. 

No há mucho tiempo decíamos : '' vayamos al pais, 
organicemos el elemento de la oposición, evolucione- 
mos dentro de la administración que se inaugurará el 
1° de Marzo, siempre que no se trate de una dinastía^ 
y preparémosnos para influir en las elecciones del 

87" (I) 

(1)— Bepiiblica Oriental del üroguay— Actualidad política, por Alberto Palomeque, 
página 9. 



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— 6 — 

Nuestras observaciones reposaban en una base ne- 
cesaria : que la dinastía no fuera un hecho. Nuestros 
temores se han realizado : ahí está el gobierno 
dinástico en la República. Santos ha sido reelecto, 
violándose la Constitución y despreciando el hermoso 
título de ciudadano. Quiere perderse y se perderá. 
El pais no puede ser testigo impasible de tal afrenta. 
Le ha de arrojar del poder, porque aquello no es go- 
bierno ni es partido. Son elementos corruptores y 
corrompidos, que han subido al escenario político en 
medio á esos sacudimientos que trastornan todos los 
fundamentos en que reposa la sociedad. La protesta 
armada es un deber. Ya no es hora dé resistencias 
legales. La dignidad del país así lo exije á todas las 
conciencias honradas. No es el momento de discutir 
si son galgos ó podencos. Es una tregua á las luchas 
de los partidos la que se impone por el momento. Sea 
quien sea el que levante la bandera revolucionaria, á 
ese hay que seguir. Basta que sea un ciudadano hon- 
rado. Y ello es necesario, pues asi lo demanda la uni- 
dad indispensable en la dirección de toda obra humana. 
Acallemos nuestros resentimientos de partidario, dig- 
nificando á quien le toque ese alto honor y esa seria 
responsabilidad para ante la historia. Hoy todos son 
buenos, con tal que militen en las filas populares, con 
sana intención, lealtad, buena fé y patriotismo. Una 
vez desaparecido el obstáculo cada cual buscará en su 
centro político, al amparo de la ley, y en el sufragio, 
el triunfo de las afecciones de su partido. Hoy todos 
somos hermanos en la desgracia ; y mientras esa gran 
aspiración del Pueblo Oriental no sea un hecho, adop- 
temos como divisa la del Polaco : *' Por vuestra liber- 



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tad y la nuestra "• La patria sufre; hay que consa- 
grarle cuanto se tenga : esfuerzos, fortuna, tranquilidad 
y vida. Esto reclama el sentimiento patriótico en pre- 
sencia de las instituciones conculcadas por la dinastía 
que ha asaltado el poder público. 

Jamás ha habido política elevada sin una generosa 
inspiración pues "conseguir de un partido la disciplina 
que le es necesaria para vencer en la lucha, es bas- 
tante, ya que no es posible improvisar la unidad inte- 
lectual necesaria para sostenerse en el poder. " 

A nadie debe excluirse, porque es necesario que 
" un partido sea muy rico en hombres de valer para 
permitirse semejante lujo de ingratitud. " 

Opinar de esta manera no es ir contra los senti- 
mientos y opiniones del partido á que hemos pertene- 
cido siempre. Como una prueba elocuente de ello nos 
honramos en dar á las pajinas de este panfleto el digno 
Programa del Partido Nacional, que encarna los prin- 
cipios mas adelantados de moral política. Sus tenden- 
cias han sido las de unificar los elementos honrados que 
aspiran á llevar al gobierno ciudadanos que respeten 
la ley y la Constitución de la República. Y no se diga 
qua es simplemente un Programa^ y como tal pura 
frase sin eco en los destinos de la República. En 
carne y hueso ha realizado sus propósitos^ sellándolos 
con sangre. En los comicios ha sostenido, como 
prueba de su lealtad política, la candidatura de un 
virtuoso y austero ciudadano que no pertenecia á su 
comunidad, (i) 

(1)— El Dr. don José M. Muflo2 en 1872. 



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n 

FRANCISCO A. YIDAL 

Dice nna máxima francesa qae la vida 
privada debe ser amurallada. Es cierto 
respecto de los individuos qne no aspiran 
á ejercer influencia sobre los destinos pú- 
blicos, pero no es cierto ni respecto de los 
constituidos ni respecto de los que aspiran 
á ello. Sólo en épocas depravadas, puede 
alguien tener el cinismo de aconsejar á 
un pueblo que entregue sus destinos en 
manos de hombres á quienes nada se fiaría 
en las relaciones privadas. Los hombres 
no se pai'ten en dos. La regla moral de 
las acciones es nna en la vida pñvada y en 
la vida púi)lica. El que es infidente en el 
orden de la» relaciones privadas, será infi- 
dente en todas las rejioccs de su actividad. 
El que degrada su hogar y envilece la san. 
gre de sus hijos, degradará la honra del 
pueblo que le entregue, mal aconseiado, su 
suerte. La vida privada no debe estar 
amurallada ni para los gobiernos ni para 
los que aspiran á gobernar. 

Esl/rada* 

El Dr. D. Francisco A. Vidal, ilustración médica, 
de posición social, millonario, célibe, sin hogar, solo 
como el hongo, lleva á la vida política su idiosincrasia 
de hombre privado : vive sin afecciones, sin cariños, 
sin mas atractivo que el de las fáciles aventuras del 
amor prohibido. Arroja por do quiera la semilla para 
que allí nazca un árbol bello y arrogante ó uno pobre, 
raquítico y miserable. No se dá la tarea de cultivarlo; 
lo expone á la intemperie, y mientras tanto él marcha, 
misántropo y sombrío, envuelto en su amplia capa es- 
pañola, solazando su vida fria, helada, con los acordes 
de una guitarra, su sempiterna compañera, y de un 
negro, fiel emblema del color de su alma como ciuda- 

2 



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— 10 — 

daño y como hombre. No supo adquirir en la dura 
ley del trabajo la fortuna colosal que detenta como 
avaro: la heredó de quien la robó á la nación según lo 
confiesa en sus Memorias el benemérito General César 
Diaz. Esa ley de herencia se cumplió en él, y si el 
padre robó el hijo llevó más allá su jornada política : 
se hizo avaro. A ese título ha ocupado cinco veces la 
Presidencia de la República, como una prueba de la 
carencia de hombres en su partido ó de su corrupción 
absoluta. Su pasage por el gobierno siempre ha sido 
como el de un viajero, pero de esos que llegan, están 
y se alejan de una manera inapercibida para los habi- 
tantes, á guisa del espía que desempeña su papel 
zorrunamente y en el propósito de no ser sentido, 
observado ni conocido. 

Esa avaricia, ese aislamiento, ese medio ambiente, 
esa ley de herencia, son causas productoras de su fiso- 
nomía moral. 

La vida privada es el pasaporte para la vida pú- 
blica; el que ha sido deshonrado en aquella ha de lle- 
var á la política sus vicios, para corromper á los que 
vivan á su alrededor. 

El ciudadano es hombre ante todo, y al altar de la 
patria ha de traer sus grandezas de alma ó sus miserias 
de espíritu, sus convicciones honradas ó sus debilida- 
des de carácter, sus tendencias hacia el bien ó sus 
menguados propósitos hacia el mal, en fin, todo lo que 
ha sido y es al llegar á la cumbre del poder. El pa- 
sado de un hombre y sus condiciones actuales bastan 
para el pronóstico. 

Quien no ha sabido formar hogar puro y limpio 
nunca llevará á la patria lo que no tiene : el salón de 



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— 11 — 

gobierno será una trayectoria de su hogar; en su 
atmósfera flotará la misma sombra, los mismo vicios, 
las mismas debilidades — la avaricia y el robo I 

Carece de valor ; no ama á sus semejantes ; no es 
capaz, ni en el ejercicio de su profesión médica, de ex- 
poner su vida ; inmediatamente que una epidemia se 
aproxima, huye, gana sus campos, y allá vive gozando 
en las contemplaciones de la naturaleza, rodeado de 
gauchos, con su guitarra, sus cielos, sus tristes y su 
eterna misantropía. Mientras tanto los enfermos sufren 
y mueren, y el médico se burla del juramento pres- 
tado I . 

¿ Cómo se explica pues que un ser dotado de tales 
cualidades morales haya ocupado cinco veces la Presi- 
dencia de la República, en el trascurso de veinte años? 
¿ qué aliciente puede poseer tal figura, como ciudada- 
no, para un partido politico ? 

El hombre, con estas cualidades, era y es y será el 
indispensable para realizar los propósitos de los que 
hoy dominan en el escenario de la patria. — Sin carácter, 
sin valor, sin independencia de ideas, sin iniciativa, rico 
por herencia y avaro por añadidura, — se presentaba 
como el tipo partidario pronto siempre para servir de 
depositJario temporal del poder, mientras el dueño dor- 
mia ó se ausentaba. 

El mandón arbitrario asi lo comprendió, y desde ese 
momento echó los cimientos para la dinastía que ideó 
bajo la completa sumisión de uno de los miembros de 
la familia reinante, que seria como el sanio que todos 
adorarían en vi¿¿a. De estos dos propósitos : de adorar 
y tener un sanio en vzda^ nació la dinastía titulada : 
Sanios — Vidal. 



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— 12 ~ 

Vidal admitió el pacto á título de dejársele vivir 
tranquilo, sin preocuparse de los negocios de Estado, 
sin las fastuosidades del poder, y siempre que se le 
permitiera permanecer en su covacha, con el derecho 
de salir todas las tardes á su balcón para contemplar el 
rebaño en el que él no era el pastor, Y una exigen- 
cia más : en vez de usar bastón y banda presidencial 
— conservar sm gorro colorado \ (i). 



(1)— El Dr. Vidal iisii n» gorro colorado. Con él se cubre la cabeza, y todas las tardes 
se le ve en el balcón de su covacha contemplando á los que pasan. 



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in 

MÁXIMO SANTOS 

Lincoln fné leñador, más sn hacha 
nnnca sirvió para abatir el árbol de las 
institaciones ; Beasconñold fué jadió, y 
como tal avaro, más ntinca robó los teso- 
ros del Estado. ¿ídntos ha sido carreti- 

llerot'y 

Un CrioUo. 

La de la corrupción era cuando Vidal subía y baja- 
ba del poder para muy luego volver á subir y volver 
á bajar. 

Un pueblo herido en sus más caras afecciones, ju- 
guete' de ciudadanos sin más título que el del sable y 
el valor militar, brutalmente afrentado y cruelmente 
espoleado, ansioso de paz, de libertad y de moral po- 
lítica, surge á la vida en 1880. El gobernante que le 
dominó á su antojo y á su capricho lanzóle el grito de 
ingobernable^ y arrojó de sus manos el cetro que em- 
puñara después de la atroz hecatombe del 10 de 
Enero. 

Dos personalidades se diseñan desde luego; — la del 
que á ser mujer padeciera de histerismo y la del cu- 
randero de enfermedades físicas que retratado queda 
en las pajinas anteriores. Aquel, joven ; con ademan 
semi-desenvuelto ; tórax saliente ; afable y rudo á la 
vez, como si fuera un galanteador de corte y un me- 
rodeador de fondos sucios; con la una mano en la 
cintura y la otra en el pomo de la espada ; bajo, ra- 
quítico ; facciones gruesas, no como heridas por el sol 



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- 14 - 

y la intemperie en el trabajo sino gastadas en los su- 
cesos donde el honor se pierde y el dinero se adquiere; 
pómulos salientes ; fosas nasales bastante abiertas res- 
pirando, al parecer, algo que huele á sangre humana ; 
cabellera ondulante ; cabera erguida por el orgullo y 
la soberbia ; mirada fuerte y casi atravesada ; de cejas 
pobladas ; párpados caidos como para ocultar en parte 
el fondo siniestro de sus retinas vei'di-oscuras ; y todo 
este conjunto realzado por un ceño adusto y fatal, 
con ese entrecejo que incita, por su pronunciamiento, 
á la estocada de Lagardére. Un Fausto, á medias, 
en sus conquistas ; aquel por amor, éste por dinero ; — 
un Fausto á quien no faltó su Mefistófeles para firmar 
el pacto, aunque fuera en blanco. A la vez que éste 
perdia el alma de aquel era Fausto quien iba, sino á la 
gloria, á los cuarteles ; — mientras Mefistófeles, si no 
descendia á los infiernos, ganábase su covacha, cu- 
bierto con el gorro colorado y envuelto en su amplia 
manta española ;— el color de la capa del Diablo en 
su cabeza, y el de la bata del mismo sobre sus hom- 
bros! — Asi colorea cuánto toca ! 

El año 8o, Vidal, impuesto por Santos, sube al po- 
der. — Aquel nombra á este su Ministro de la Guerra, y 
el joven militar, engreido con su fortuna, semi-salvaje 
aún en sus costumbres sociales, falta á todas las con- 
sideraciones; insulta, ante el Presidente de la Repúbli- 
ca, en Acuerdo de Ministros, á sus compañeros de 
tareas, empleando para ello los términos más bajos y 
soeces. Los no corrompidos todavía no soportan tales 
vejámenes, y ciudadanos como Rivas y Mateo Maga- 
riños Cervantes abandonan sus carteras ministeriales, 
no sin antes haberse amordazado la prensa y herido de 



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— 15 — 

muerte á los periodistas por inspiración del Máximo, 
Ministro de la Guerra.. 

Vidal consiente tales crímenes, atentados y hasta 
faltas de respeto á su persona ; olvida su dignidad de 
hombre y de magistrado y alienta tales desmanes. A 
Máximo le es conferido, á su solicitud^ el grado de Ge- 
neral, y una vez que este ha cumplido la edad reque- 
rida por la Constitución para desempeñar la Presidencia 
de la República, abandona el puesto ; su renuncia es 
aceptada por la cohorte, y en su reemplazo, por unani- 
midad de votos, es electo, para tan honroso cargo, el 
Máximo Santos. 

Así se cumplía el pacto y se diseñaba la dinastía en 
el gobierno. 

Fenecidos los cuatro años Santos desciende y Vidal 
ocupa, en Marzo i** de 1886, por obra de la cohorte, 
por segunda vez, la Presidencia de la República. Re- 
nuncia á los dos meses, y Santos se sienta nuevamente 
en el sillón reservado al talento y á la virtud ! 

Ahí está para afrenta de ese pueblo ! La dinastía 
marcha á pasos ajigantados. Ya el jefe de la familia 
reinante, esa cabeza que pronto abatirá la muerte y 
con la que no suelen contar las castas que á sí mismas 
se dicen privilegiadas, prepara su sucesor. — Su hijo, 
menor de catorce años, ha sido nombrado Capitán del 
Ejército Uruguayo ; de tarde, á la puesta del sol, á la 
sombra, como avergonzados de sí mismos, pasan los 
soldados del 5** por frente á la puerta del palacio del 
dinástico hombre, y esa criatura, así educada, surge 
como un fantasma ; extiende su mano inocente, quizá, 
y dá á los servidores del tirano el vil metal que cor- 
rompe las conciencias, pero que también sirve para 



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— 16 - 

obras santas ! Ellos, por intermedio de esa criatura, 
inocente sucesor en la dinastía que se prepara — ellos — 
esos soldados que otrora, en las batallas tenían un jefe 
aguerrido, fuerte, varonil, generoso, — reciben la li- 
mosna del tirano que ganó sus grados en la orgía y 
en el crimen, conculcando la Constitución de la Patria. 

Ya se habla de reforma de la Constitución ; ¡ quién 
sabe si no se pretende alterar la edad para el ejercicio 
de la primera magistratura y aún la forma constitucio- 
nal de la República ! 

Y en tanto la dinastía así gobierna, degrada y hu- 
milla, hay ciudadanos que escuchan una voz, que dice : 
" mientras el niño dinástico reparte dinero, el pueblo 
pide, como el niño griego, pólvora y balas ! 



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IT 
UNA OPERACIÓN DINÁSTICA 



No pneden ser electos Bepresentantes 
ni Senadores los militares^ dependientes 
del Poder Ejecutivo, por servicio á suel- 
do, á excepción de los retirados ó jubila- 
dos, 

(ArUculos 25 y 31, Constitución de la 
República Oriental del Tlrugucuy) . 



LoQ encerraremos en la Carta, como en 
la torre de Ugolino. 

Armando Cartel, 



Era necesario sublevar el espíritu pú- 
blico : nada lo hiere más que la superiori- 
dad de la inteligencia unida á la de la 
fuerza. 



Todos los hombres honrados, hasta 
donde les ha sido posible, han muerto á 
César. A unos han faltado los medios ; á 
otros la resolución ; á muchos la ocasión ; 
á nadie ha faltado la voluntad. 

Cicerón. 



" No es la primera vez que la historia nos presenta 
el triste espectáculo de ver á personajes vulgares salir 
airosos allí donde verdaderos políticos hablan escolla- 
do ; pero, en las empresas de ese género el éxito de- 
pende de las circunstancias principalmente, y es nece- 
sario reconocer desde luego que ellas favorecieron 
singularmente á Augusto. Tácito nos dá á conocer 
la principal causa de su fortuna feliz, cuando dice al 
hablar del establecimiento del Imperio : '^ Por ese 
entonces ya no existían quienes hubiesen visto á la 
República en sus hermosos y bellos dias. " Al con- 



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— 18 — 

trario, el pueblo sobre el que César pretendía reinar 
la habia conocido. Muchos la maldecían, cuando ella 
turbaba por sus agitaciones y tormentas el reposo de 
su vida ; casi todos la sentían desde que la hablan 
perdido. Hay en el uso y en el ejercicio de la liber- 
tad, no obstante los peligros á que ella expone, un 
encanto y un atractivo soberanos que no pueden olvi- 
darse una vez que se han conocido. El genio de César 
se quebró ante ese recuerdo obstinado. Pero, des- 
pués de la batalla de Actium ya no existían los que 
hablan asistido á las grandes escenas de la libertad y 
que hablan visto á la República en sus dias de esplen- 
dor. Una guerra civil de veinte años, la más san- 
grienta de todas las que han despoblado el mundo, los 
habia devorado á casi todos. La nueva generación 
no remontaba más allá de César. Las primeras ma- 
nifestaciones populares que habia visto eran las que 
á grito herido saludaban al vencedor de Pharsalia, 
de Thapsus y de Munda ; el primer espectáculo que 
habia herido sus ojos era el de las proscripciones. 
Habia crecido en medio á los pillajes y á los crímenes. 
Durante veinte años todos los dias habia temblado, ya 
por su vida, ya por sus bienes. Tenia sed de seguri- 
dad; estaba pronta. para sacrificarlo todo al reposo. 
Nada le atraia hacia el pasado como á los contempo- 
ráneos de César. Al contrario, todos los recuerdos 
que habia conservado no hacian sino vincularla dema- 
siado al réjimen ominoso bajo el cual vivia. A estas 
circunstancias se debe que el poder absoluto fuese el 
tranquilo heredero de la República. " 

Así se explicaría la dominación personal del actual 
gobernante uruguayo. Los que asistieron á los her- 



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— 19 — 

mosos y bellos dias de la República, con sus partidos 
de pié, van desapareciendo, y con ellos los grandes 
ideales ; las grandes acciones republicanas ; las her- 
mosas candideces de los corazones de niño, con almas 
de gigante para la lucha ; las empresas audaces y atre- 
vidas de azotar el rostro del opresor con el pomo de 
la espada; las emigraciones en masa en busca de 
aire libre que respirar y escenario donde ejercitar ple- 
namente las facultades de que el Creador ha dotado 
al ser razonador por escelencia ; los fantásticos delirios 
de una imaginación saturada del amor sin límites de 
la patria, capaz de afrontar sin vacilaciones y con 
ánimo resuelto las difíciles situaciones por que los pue- 
blos atraviesan sometidos á la dura prueba del agua 
y del fuego ; en fin, aquellos caballerescos y roman- 
cescos percances á que una nacionalidad se entrega 
forzosamente cuando aún le queda un átomo de vida, 
una molécula de fuerza, en medio á las grandes cala- 
midades políticas, á las relajaciones del carácter nacio- 
nal y á la prostitución completa de las conciencias de 
ciudadanos antes de ahora virtuosos, hoy criminales 
encenagados en el vicio. 

Hé aquí el retrato fiel de aquella sociedad, en el 
gobierno. Sed de oro y de riquezas materiales ; so- 
lazarse en la orgia, en la crápula y en el libertinage ; 
pretender prostituir los hogares, á fuerza de miseria, 
de las esposas é hijas de los pobres servidores de la 
patria ; mofarse de los sentimientos más nobles, ele- 
vados y generosos de los ciudadanos ; considerar al 
gobierno de la sociedad como un botin, que sólo 
abandonarán á la fuerza, cuando, según la gráfica ex- 
presión de ellos, se les atranque la tajada junto con 



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— 20 — 

la quijada ; y prosternarse ante el mandón sagriento 
y cómico á lo Nerón— producto genuino de las épocas 
desgraciadas por que últimamente ha atravesado el 
país. — Estas son las aspiraciones de los ciudadanos que 
sirven aquella situación menguada. Y para colmo 
de tanta ignominia levantan al escenario del gobierno 
al asesino vulgar que clavó en el pecho de Carlos So.to 
el puñal del brigante \ al que mata y degüella brasile- 
ros en Paso-Hondo^ fusilándolos en pelotón (i) ; al que 
martiriza en el corazón de una ciudad civilizada .(2) á 
italianos indefensos, sometiendo la dignidad de la pa- 
tria, con esos escándalos sucesivos, á la más humillante 
prueba ; al que escandalizó á la sociedad con sus re- 
yertas de meretrices en los escenarios de los teatros, 
en el hogar de su familiaj y se le denuncia sin reser- 
vas como al envenenador de una de sus queridas más 
favoritas; al que en su propio salón hizo derramar la san- 
gre de uno de sus sayones por aquel de sus más fieles 
porta-puñales ; al que ha robado á la Nación más de 
VEINTE MILLONES de patacoues, sin darle en cambio 
una sola institución que la honre ni el crédito que la 
levante en el exterior ; al que haciendo gala pública- 
mente de una magnanimidad salvaje, persigue á hur- 
tadillas y encarcela y atormenta luego en los cuarteles 
á quienes horas antes pusiera en libertad ; — y al que, 
por fin, amordazó la libertad de la prensa, haciendo 
asesinar á los ciudadanos en las calles de Montevideo 
y destruir los talleres tipográficos en la ciudad y en la 
campaña, para darse el triste placer de subir al gobier- 



l-'Los bárbaros asesinatos de Paso-Hondo fueron obra del Joaquín Santos, pero e] 
Máximo se hizo Gdmplice de ellos defendiéndolo. 
2— En el Cabildo. 



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— 21 — 

no saturado su espíritu en una atmósfera de sangre 
humana. Y esta personalidad siniestra, fatal, que ha 
consumado tantos crímenes y prostituido tantas con- 
ciencias, es la que aparece sobre el pedestal político ; y 
con gesto airado, la mano sobre el pomo de la espada, 
circundado de sus pretorianos, dice á esos conculca- 
dores de todos los sanos principios constitucionales : 
^^Reelejidme i porque soy el único digno de gobernar este 
rebaño de esclavos^ en el que vosotros desempeñáis el 
triste rol de mercaderes de la patria.^ 

Nunca han sabido hacer otra cosa que obedecer ; 
somátense al yugo y aguzan el ingenio á fin de hallar 
el medio que satisfaga las mezquinas y bajas aspira- 
ciones del vulgar ambicioso, sediento de mando, de 
halagos y de riquezas que repartir entre esos trafican- 
tes políticos. 



La Constitución de la República Oriental del Uru- 
guay dispone que los militares no pueden ser Senado- 
res ni Diputados; que el Presidente no puede ser 
reelecto ; y que debe descender de su puesto á ocupar 
el simple rol de un ciudadano, durante un año, sin 
ausentarse del país, sujeto ajuicio de residencia^ para 
que cualquiera del pueblo pueda acusarlo, desde que 
carece de prerogativas é inmunidades, (i) 

No obstante, la cohorte preparó el camino para que 
el conculcador de las leyes y el prevaricador desver- 
gonzado tuviera sus cómplices, y el crimen de lesa- 
patria fuera colectivo, cayendo la mancha sobre un 

l^-ArtfcnloB 23, 75 y 83 de U Constitucldn de la Bepiíbllca Oriental del Uruffaay. 



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— 22 — 

partido político con que preténdese cohonestar tales 
atentados monstruosos. 

La Constitución, que no puede reformarse sino me- 
diante ciertas formalidades (i) ( esa misma Legisla- 
tura habia declarado en su anterior período que no 
se debia hacer lugar á la moción de la reforma ), se 
reformó, sin llenarse los procedimientos constituciona- 
les ; y á título de interpretación se derogó el precepto 
que negaba á los militares el derecho de ingresar al 
Senado. Se declaró que los Generales podian ser Se- 
nadores. Así se preparaba el terreno y se incubaba la 
reelección del Generalísimo. Primera violación ! 

Antes de terminarse el período presidencial se crea 
un nuevo Departamento para tenerse la oportunidad 
de nombrar un nuevo Senador. El Generalísimo es 
electo para ese cargo, no obstante hallarse en ejercicio 
de la Presidencia de la República ! Segunda violación 
de la Constitución, que impone ajuicio de residencia al 
funcionario para que sin prerogativas ni inmunidades 
pueda responder de los cargos que se le hicieran por 
el más humilde ciudadano del país. 

Termina el período presidencial : el Ejército se so- 
mete á su mando y en seguida ocupa su puesto en el 
Senado. • La cohorte se siente animada del fuego sa- 
grado, y le nombra, en el acto, y por aclamación, Pre- 
sidente de ese Cuerpo, es decir, Vice-Presidente de la 
República. Tercera violación de la Constitución. El 
Presidente del Senado en los casos de muerte, renun- 
cia, ausencia etc. del Presidente de la República lo 
sucede, por ministerio de la ley^ en el ejercicio del 
P. E. de la Nación ; luego, aunque sin imperio, ejerce 

1— ArUculos 13o y siguientes de la Constitución de la Reptíblica Oriental del Urngnay. 



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la Presi(Jencia de la República, No hay necesidad de 
nueva elección. Ya ha sido electo, directamente, y 
violándose los preceptos legales. 

Así dispuesto el escenario, renuncia el Dr. Vidal. 
¿ Quién le reemplaza ?' El Generalísimo ! Y aquí ter- 
mina la farsa urdida, en medio á las felicitaciones, 
á los bravos, aplausos y burras que actores de- primer 
orden y cómicos de la legua se prodigan á sí mismos 
en ¿a viña del Señor (i), en la que, como tal, todo flo- 
rece, hasta el manzanillo político que mata toda vege- 
tación honrada. Y en los cuarteles las bandas de 
música atruenan los aires con sus sonidos angustiosos 
y quémanse cohetes de la India y ármase algazara 
pretoriana y elévanse globos al aire en acción de 
gracias al Supremo Hacedor é inícianse los besamanos 
de los grandes y pequeños dignatarios en el palacio 
del Generalísimo y las prostituciones más degradantes 
que hánse visto jamás se suceden á este ludibrio de 
la Carta Fundamental. 

Solo un ser, de los que viven respirando esa atmós- 
fera pesada, surge puro aún en medio á esas escan- 
dalosas escenas del gobierno dinástico : la mujer 
oriental ! Hubo algunas que, — aunque esposas de esos 
abyectos ciudadanos, refugiadas en el hogar, con lá- 
grimas en los ojos, palpitantes el seno, avergonzadas 
de su propio compañero de la vida, embargadas de do- 
lor ante las desgracias de la patria, — lanzaran desde el 
fondo de su alma una maldición sobre el nombre y la 
descendencia de quien tanto y tanto prostituye ! 

Sí ; malditos los que han preparado el desenlace de 
esta comedia, que ha de terminar indudablemente por 



1— El Presidente del Senado se llama D. Javier LaviHa. 



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— 24 — 

tragedia sangrienta, porque no en vano se juega con 
los destinos de un pueblo oprimido en cuyo corazón 
aún no ha muerto el amor por la democracia. 

De aquella cohorte puede decirse lo que de los ro- 
manos, corrompidos y degradados bajo Augusto : 
'* Esos ya no eran ciudadanos, sino soldados. Después 
de treinta y seis años de victorias habian perdido el 
amor de las tradiciones y el gusto por la vida civil ; 
éranles indiferentes los derechos del pueblo, y la glo- 
ria para ellos reemplazaba á la libertad. " 



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V 
DELITO DE LESA-MCIÓi\ 



IjOs funciones de Presidente dorarán 
por cnatro nño»; y no podrá ser reelejido 
sin que medio otro tanto tiempo entre hu 
cese y la reelección. 

Arttcuh 75, Constitución de la Re» 
pública Oriental del Uruguay. 



Mientras se in-oeeda á nueiu elección, 
por renancia, el Presidente del Sena- 
do le sunlirá, y ejercerá las fanciones 
anexus al P. K., quedando entre tanto 
suspenso de las de Cenador. 

Artíado 77, Constitución de la Repú* 
hlica Ch'ientál del Uruguay, 



Jamás será el patrimonio de persona ni 
de fiimilia alguna. 

Artículo !•, Constitución de la Be» 
pública Oriental del Uruguay, 

Los qne atentaren ó prestaren medios 
pora atentar contra la presente Constitu- 
ción, después de sancionada, pnblicada j 
jurada, serán reputados, juzgados y casti- 
gados como reos de Usa-nación, 

Articulo 161, Constitución de la Re* 
pública Oriental del Uruguay, 



Si enemigos la lanza de Marte 
Si tiranos de Bruto el puñal. 

Himno Nacional Oriental, 



Los que fraguaron la reelección no dijeron que el 
Presidente del Senado entraba á suplir al Presidente 
de la República mientras se procediera á nueva elec^ 
ción sino que se limitaron á decir : " el Presidente del 
Senado en conformidad con el artículo 77 de la Cons- 
titución de República tomará en el dia posesión del 



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— 26 — 

Poder Ejecutivo. " Nada más; el silencio es significa- 
tivo y alarmante por más que alguien hablase de dudas 
en el recinto de la ley. 

La Constitución no ha querido que el Presidente 
del Senado ejerza las funciones de Presidente de la Re- 
pública, en caso de renuncia^ sino mientras se proceda 
á nueva elección^ quedando entretanto suspenso de las 
de'Senador (art. 77). 

Luego, una vez que la renuncia se ha producido, el 
Presidente del Senado, por ministerio de la ley, sin ne- 
cesidad de mayores trámites, entra en posesión del 
cargo para suplir la persona del Presidente mientras 
se proceda á ntieva elección. 

Suspenso de las funciones de Senador mientras se 
proceda á nueva elección ! Esa nueva elección no 
puede transferirse, pues uno de los Departamentos de 
la República no debe quedar indefinidamente sin su 
representación en el Senado. No se convoca al suplen- 
te porque esa suspensión es y debe ser momentánea. 
De ahí el silencio del citado artículo respecto á su 
convocatoria, mientras se tiene en suspenso las funcio- 
nes de Senador. 

Admitir la doctrina contraria importaría introducir 
la cabala y el juego en el nombramiento de Presidente 
de la República pues se autorizaría la violación escan- 
dalosa del artículo que prohibe la reelección. 

Quedaría el Generalísimo en el ejercicio de la Pre- 
sidencia hasta el 1° de Marzo de 1887; en ésta fecha 
se nombraría nuevo Presidente y aquel volvería á la 
Presidencia]^del Senado. Nueva renuncia, á los dos 
meses, del Presidente elejido el 1° de Marzo de 1887; 
y vuelta otra vez el Generalísimo á la silla presidencial > 



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y así sucesivamente se eternizaría en el poder durante 
los cuatro años que deben mediar entre el cese y la re- 
elección, según el artículo de la Constitución, á título de 
que la elección recien debe hacerse el i° de Marzo y que 
el desempeño de sus funciones provisorias no importa 
una reelección. Tendríamos que fenecidos los cuatro 
años del provisoriato podría elegírsele Presidente en 
propiedad, el i° de Marzo de 1890, por los cuatro años 
de la Constitución, resultando que el país habría sido 
gobernado por un mismo individuo durante doce años 
consecutivos ; y todo, porque según se sostiene él no 
ha sido reelecto ni nombrado, sino que suple al Presi- 
dente, siéndolo sólo en el nombre, es decir, un mito, 
una sombra, un fantasma 1 

Se pretende hacer cuestión de dialéctica, recordan- 
do este incidente las bellas observaciones de Pascal en 
sus interesantes Cartas Provinciales sobre la polémica 
entre los Jansenistas y Molinístas respecto á lo que 
debia entenderse ^ox poder cercano. No es reelección, 
se dice, porque quien ocupa la Presidencia de la Re- 
pública no es el Generalísimo, en su carácter de tal, 
sino en el de Presidente del Senado ; luego, nadie pue- 
de sostener que se le reelige. Sin embargo el artículo 
constitucional dice que el Generalísimo, en cualquier 
carácter que revista, no podrá sentarse en el sillón pre- 
sidencial sin que medien otros cuatro anos entre su 
cese y su nuevo asiento en la poltrona. Los Constitu- 
yentes quisieron que pasaran cuatro años entre su cese 
y la reelección ; que hubiera juicio de residencia du- 
rante un año ; que la Nación no fuera patrimonio de 
persona ni de familia alguna; que nadie violara la Carta 
Fundamental sin hacerse reo del delito de lesa-nación, 



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— 28 — 

y que se castigara como á tales á los que contra ella 
atentaren. 

Todo eso ha querido nuestra Constitución, y pre- 
viéndose que sus disposiciones no fueran bastantes á 
impedir su violación autorizóse á los ciudadanos, por 
su Himno Nacional, para hicerse justicia por su pro- 
pia mano en esas difíciles y graves situaciones de la 
vida popular. Dijo : 

" Si tíranos de Bruto el puñal ! 

Y cuando ello suceda, los servidores de la dinastía 
han de desempeñar el papel de los Senadores de César, 
que, no obstante sus actos de servilismo, no defendie- 
ron la vida del tirano cuando la vieron en peligro. 

Y no haya temor de que suceda lo que un autor nos 
dice hablando de la muerte de César : ** ahí estaba la 
ilusión ; creyeron que entre el pueblo y la libertad no 
estaba sino César, y que una vez desaparecido éste la li- 
bertad renacería completamente; más cuando llamaron 
á los ciudadanos para recuperar sus derechos nadie 
acudió, y nadie respondió porque ya no habia ciuda- 
danos." Nó, el pueblo uruguayo, en medio á sus des- 
gracias, aún tiene ciudadanos ! 

" Ni el patriotismo ni el honor han muerto. " 



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VI 
POLÍTICA NACIONAL 



Canudo Cósar perdona tan fáoilmeaU 
68 qae difiere sa Teupinsa. 

Cieeron. 



No qaiero imitar á Sylla. In lasaremos 
ana naeva manera de vencer; basqaemos 
nnestra seguridad en la clemencia 7 en U 
dnlsnra. 

César, 



Si lof corasones de loe ttnin'>8 padieeen 
▼erso con los ojo*, se verían timbien los 
golpee y las heridas ; porcine uffi como el 
cuerpo de los asotes, asimismo el alma 

?[Qed¡a acribillada de l-i crueldad, de la 
ujnría y de loi malos pensamientos. 

Sócrates» 



La Herrota impone deberes recíprocos á vencedores 
y vencidos. El vencedor ha perdonado la vida á los 
prisioneros, es verdad ; pero esto no es lo bastante 
para que el hecho sea generador de sucesos políticos 
ni se perpetúe en las pajinas de la historia. 

No se ha hecho más que cumplir con un deber de 
humanidad, impuesto á los pueblos civilizados. La 
vida de algunos ciudadanos es muy poca cosa ante las 
exigencias^ de los partidos políticos que buscan su 
fuerza en el respeto de la ley. Estos exigen algo más 
que esa honradez vulgar que consiste en devolver lo 
mismo que se dio en depósito. 

El perdón así otorgado, sin su complemento en el 
ejercicio de las libertades del ciudadano, es un acto 
que se confunde con el de la gratitud personal ; será un 



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— 30 - 

servicio que en determinada ocasión se pagará con 
creces, de un modo individual, pero no habrá tenido 
alcance político ; no habrá inaugurado una nueva 
época ; no traerá al movimiento de las ideas, del co- 
mercio, de la vida pública, todo ese capital social é 
intelectual que la revolución ha exhibido, de verdadera 
y sólida importancia en los destinos del pais. Incor- 
porarlos á la marcha del gobierno debe ser una de 
las tantas preocupaciones de los partidos políticos que 
aspiran á engrosar sus filas y pasar á la posteridad 
honrados en las pajinas de la historia. 

Respetar las libertades públicas es un deber, y ello 
está en los intereses del partido dominante después del 
último hecho de armas. Mientras de este modo no se 
proceda, la abstención, impuesta despóticamente, y 
con ella la revolución, serán hechos permanentes. El 
partido dominante debe comprenderlo así, pues la re- 
volución ahogada, mas no vencida, ha probado que ella 
representa todo lo que en el. país vale por su ilustra-- 
ción, convicciones honradas y capitales. No es posible 
vivir en una perpetua ansiedad. Al fin la explosión 
se produce, y los culpables no son los pueblos sino los 
malos gobernantes ; ellos son los responsables de las 
revoluciones, porque son los que las hacen necesarias, 
una vez agotados los medios razonables para evitar 
los males que vienen de la autoridad, porque, como 
se ha dicho por uno de los militares contemporáneos 
más distinguidos de Sud- América — Eleodoro Cama- 
cho : — '' dos elementos deletéreos corroen las institu- 
ciones republicanas de las naciones : las tiranias que 
producen las revoluciones y la demagogia que crea 
los tiranos. No soportar la opresión abusiva que 



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— 31 — 

viene de arriba, ni prohijar el levantamiento innece- 
sario que sube de abajo ". 

El partido dominante ha debido convencerse de 
esta gran verdad : en el pais y fuera del pais su 
administración encuentra hostilidades insuperables. 
Ya está juzgada, por más que pretenda encubrirla con 
el título de un soi-disant partido. En el Brasil y en 
la República Argentina los elementos populares han 
confraternizado con la revolución. En el pais hasta 
los soldados del Gobierno eran revolucionarios, y sólo 
aguardaban la ocasión propicia para ponerse al servicio 
de la idea popular. En campaña, caudillos con quie- 
nes el Gobierno creía contar, sólo esperaban la 
aproximación de las fuerzas de la revolución para 
confraternizar con ellas. Todas esas simpatías no han 
muerto con el eco del último estampido de cañón en 
el Quebracho ; están latentes ; la ocasión es la que se 
espera, porque sobre la teoría del éxito hay en nuestros 
hombres de campaña y en nuestra juventud, entu- 
siasmo, fé, convicción y valor; (i) 'en la derrota se 
han retemplado ; ninguno desertará de su puesto de 
honor ; vivirán oscurecidos, si se quiere, por el pálido 
deslumbre que el delirio de las grandezas proyecta 
desde el poder, para brillar más tarde, como buenos, 
en el corazón de sus conciudadanos. Hé ahí todo lo 
que podría suceder. Y la opinión, tarde ó temprano 
se impone. 

1— Debemos hacer presente que muchos de los oiadadanos puestos en libertad han 
sido perseguidos á hurtadillas y destinados al ser\icio militar, como soldados de Une*. 
Muchos han desaparecido. Esto sucede en Montevideo y en la campafia ! £« la hipo- 
cresía del perddn ! 



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EL PERDÓN 



LAS MUTILACIONES 

Conviene qae esos golpee dicUtoriales 
que han desmoralizado profandaineote el 
espíritu público de nuestro país, sean 
condenados hasta en el seno mismo de los 
partidos qae K>s han utilizado. 

Lanfrey. 

Tenia la apariencia do un hombre 
civilizado, poro solo la apariencia. £ntre 
los Romanos educados mejor, la civili* 
zación no está, á menudo, sino en la 
superficie; y bajo esas maneras elegantes 
so vuelve á hallar el alma ruda y salvaje 
de esta raza inhumana de soldados. 

Boissier. 

El recurso único para impedir conmociones políti- 
cas se encuentra en la libertad; ella cura las propias 
heridas que infiere, porque " hay en el uso y en el 
ejercicio de la libertad, no obstante sus peligros, tales 
encantos y atractivos soberanos que una vez probados 
no pueden olvidarse." 

Completar el acto realizado en el Quebracho es lo 
que exige una buena política nacional ; y ese comple- 
mento se encuentra en el ejercicio de las libertades 
públicas. . Mientras así no se haga, las evoluciones, 
necesarias é indispensables en la lucha política, no se 
producirán alrededor de los Registros Cívicos que 
encierran el fraude y el escándalo de la República. 
Esas evoluciones surgen al calor de laübertad electoral. 



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— 34 — 

La abstención, á consecuencia del despotismo ó de la 
fuerza imperante, podrá producir evoluciones parti- 
culares 6 personales ^ que son, con frecuencia, claudi- 
caciones arrancadas á la miseria, en las que no deben 
confiar los gobiernos deshonrados ; pero no producirá 
las colectivas^ que encaminan una idea, dan norte á la 
política, levantan el espíritu público y honran á los 
gobernantes bajo cuyos auspicios se promueven y 
llevan á término. 

Olvide el Gobierno lo que de personal pueda haber 
en el perdón á los vencidos ; no exija gratitud á los 
ciudadanos que tienen convicciones, porque la política 
la rechaza, viendo en ella claudicaciones ; preocúpese 
del lado político de su obra y se convencerá que el 
único medio de honrar al Partido de la Libertad es 
dando Libertad á esos vencidos. De otro modo se 
creería que seles habla dejado con vida en el mo- 
mento de la acción para luego matarlos en la inacción. 

Esa gratitud no es, por otra parte, una exigencia 
natural ni humana, desde que está reconocido que la 
guerra es una relación de Estado á Estado y no de 
individuo á individuo^ y que los ciudadanos belige- 
rantes no son entre sí enemigos^ ni como hombres^ ni 
como ciudadanos^ sino únicamente como soldados. 
El deber, no la obligación, de respetar la vida del 
vencido, surge de esta doctrina ; pues, como decia 
Portalis : " hacer en tiempo de paz el mayor bien 
posible y en tiempo de guerra el menor mal posible", 
hé ahí el derecho de gentes. 

Las Instrucciones de Lincoln^ las Convenciones de 
Ginebra^ la Declaración militar de San Peters- 
burgo^ la Declaración de Bruxelas^ el Manual Fran- 



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— 35 — 

cés^ el Manual Holandés y el Manual de Ids leyes 
de la guerra Continental por el Instituto de De-- 
recho Internacional^ — enseñan que sus propósitos no 
son otros que moderar ó atenuar, en cuanto fuere 
posible, los males y calamidades irreparables de la 
guerra, suprimiendo rigores inútiles y mejorando la 
suerte de los militares heridos en los campos de bata- 
lla. Esos Manuales, entre los cuales descuella el 
publicado por el Instituto de Derecho Internacional, 
son " el órgano legítimo de la conciencia de la huma- 
nidad "y enseñan, entre otras muchas buenas cosas, 
" que el despojo y la mutilación de los cadáveres que 
yacen ¡en el campo de batalla" son actos tan crimi- 
nales como el de matar al enemigo prisionero. 

Bueno seria que los que han cumplido con el deber 
de perdonar al vencido, se pregunten también si los 
cuerpos de los muertos fueron despojados y mutila- 
dos. Su conciencia les dirá que si Guayabos no se 
repitió, para honor del Ejército Oriental, se profanó 
sí esos cadáveres ; y que las mutilaciones se hicieron 
generales, habiendo prisioneros, no obstante, asesina- 
dos en presencia de sus compañeros de desgracia. No 
se haga gala de haberse cumplido, en parte, con un 
deber; recuérdese que aún ese Ejército necesita estu- 
diar los Manuales de la guerra para que la espada del 
militar, que representa la conciencia de la humanidad 
después de la victoria, nunca se levante ni para herir 
al vencido, sea nacional sea extranjero, ni para pro- 
fanar los cadáveres de los valientes muertos en los 
campos de batalla. Así lo exije el honor de la Repú- 
blica confiado al militar que tiene conciencia de su 
misión humana. 



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— 36 - 

No olvidarse, pues, que si se ha cumplido, hipócri- 
tamente, en parte, con un deber impuesto por las 
exigencias de esta época civilizadora, en que llenarlo 
es algo extraordinario— hay, para hacerse dignos de la 
posteridad, que cumplir con otro más grato al corazón 
de los buenos ciudadanos: devolver al pais las liber- 
tades políticas de que hoy no goza desgraciadamente. 
Ello se impone ; pues conservar la vida al ciudadano 
tomado con las armas en la mano, es matarlo si luego, 
en él, no se respetan las libertades populares. 



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ym 

EL VENCEDOR EN EL QUEBRACHO 

^Qné gloria es esa que no llega hasta 
mi ? Es qae empezal^ á comprender que 
en el nuevo gobierno no habia asiento 
más qae para un hombre^ y qae en ade- 
lante sólo á éste corresponderia la gloria 
como también el poder. 

CoeUus, 

Creia qne los tiempos de resistencias 
legales habían pasado ; que era necesa- 
rio oponer á los veteranos de Antonio bae- 
nos soldados más bien que buenas razones . 

Cicerón, 

Una revolución flota en el vado cuando 
no se apoya en una generación ilustrada 
capaz ae mantenerla. 

Lanfrey. 

¿ Quién ha sido el vencedor en el Quebracho ? 
¿Quién ha sido el vencido en esa acción tan inespe- 
rada? 

Se dice y se asegura y se repite que el vencedor ha 
sido el Partido Colorado^ representado por el actual 
gobierno. Luego, los vencidos debieran ser los del 
partido adversario. Sin embargo, caracterizados ciu- 
dadanos del Partido Colorado como Castro (Enrique) 
Gaudencio, Vázquez, Galeanó, Ramirez, Arroyo, Or- 
doñez, Batlle, Lavalleja, Chiriff, Garzón, Gómez Al- 
zaga, Dupont, Areco (Horacio) y muchos otros, dan 
un elocuente desmentido á semejante afirmación. En 
las filas de la revolución militaban los hombres más 
importantes de los dos partidos — del Colorado y del 
Nacional : ahí están los nombrados, pertenecientes al 



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— 38 — 

primero, y Herrera (Juan José), Tomé, Puentes, Britos 
del Pino, Casaravilla, Golfarini, Aguirre, Arrúe, Arta- 
gaveytia, Aréchaga, Amilivia, Visillac y Mena, perte- 
necientes al segundo, que también desmienten la especie. 

Luego ¿ quién ha sido vencido en el Quebracho ? 
¿ un partido político ó una aspiración nacional ? La 
respuesta se viene : han sido vencidos los hombres 
• más importantes, en la acción y en el pensamiento, 
de ambas fracciones políticas ; ha sido vencida una 
aspiración nacional que desde há tiempo viene luchan- 
do en el estadio de la política de aquel país. ¿ Cuál 
es ella ? La de llevar al poder lo que de ambas agru- 
paciones tenga importancia y valimiento social, inte- 
lectual y político, por sus virtudes y talentos. Si el 
Partido Colorado ha sido el vencedor en Quebracho, 
resultaria el absurdo de haber vencido á sus propias 
tradiciones, representadas en aquellos que más signifi- 
cación tienen en el país por su influencia moral, matan- 
do en él, á golpes de maza, la idea de su origen y 
formación. — La espada, la fuerza, habría muerto á la 
inteligencia de su propio partido. Se habría suicidado ! 

Quebracho ha sido la lucha de una aspiración na- 
cional, que, como tal, era grande y generosa, impuesta 
á todas las conciencias honradas y á los que piensan 
en el porvenir de la República. 

¿ Es posible sostener entonces que un partido polí- 
tico ha sido el vencedor ? Nó ; una agrupación per- 
sonal, vinculada por intereses materiales del momento, 
ha sido la que obtuvo el triunfo materíal en los des- 
graciados campos del Quebracho ; pues agrupaciones 
de esa índole nunca adquieren triunfos morales que 
se perpetúen en las pajinas de la historia influyendo 



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— 39 — 

decisivamente en los futuros acontecimientos políticos, 
para honra de ella y bienestar del país. 

La protesta armada en el Quebracho, viéndose allí 
representados el comercio, la industria, la ciencia, los 
capitales, ambos partidos políticos con su juventud y 
su vejez, — el progreso y la civilización de la patria, 
— sus esperanzáis, como ellos mismos lo han dicho, — 
todo lo que hay de bueno y honrado en aquella des- 
graciada tierra,— debiera hablarles al alma á los que 
aún disertan sobre triunfos y derrotas, y reconocer 
que allí estaba el Pueblo Uruguayo con sus lares y sus 
penates, con las bendiciones de todos los buenos, repre- 
sentando las aspiraciones de una nacionalidad, viril en 
medio á sus desgracias, que, confiando en ese presen- 
timiento de las almas superiores aguarda el ansiado dia 
de paz y de ventura en que se implante el verdadero 
réjimen republicano en la Patria de los 33 Orientales. 

Hablar de derrotas es un anacronismo ; los pueblos 
nunca son vencidos ; podrán ser sojuzgados ; deteni- 
dos, por un momento, en su marcha progresiva ; pero, 
sobre ellos no se obtienen triunfos permanentes ; son 
aves de paso esas tormentas que los oprimen "^un dia, 
un año, diez años, veinte años. Al fin estallan,]y en- 
tonces su acción decisiva se llama triunfo y la ^caida 
del adversario se titula derrota; porque aquella impor- 
ta el réjimen permanente de la Constitución que con- 
cluye para siempre con los opresores de un pueblo. 
Aquellos son triunfos efímeros que no dejan estela de 
luz; mientras tanto ellos enaltecen el alma de los venci- 
dos preparándolos nuevamente para la eterna lucha. La 
idea surge en medio á esa derrota, más viva y atra- 
yente. — Se trata de ideas, que, como tales, nunca pe- 



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— 40 — 

recen ni pueden ser derrotadas; que viven en lucha 
permanente con los gobiernos fuertes. Cuando éstos 
se derrumban, lo hacen estrepitosamente, para no 
levantarse más en la conciencia popular ni en el esce- 
nario del poder ; porque su existencia, aunque transi- 
toria, son aberraciones en la vida de los pueblos que 
aman la libertad. 

En el Quebracho no ha habido victoria sino aplaza- 
miento de contienda. El Quebracho Herrado de Lava- 
He se ha repetido por segunda vez en la historia ; pero, 
como aquel, sin frutos políticos para el vencedor, que 
no ha sabido ó no ha querido cosecharlos. Ya se re- 
petirá un 3 de Febrero en el Rio de la Plata, con sus 
beneficios para la Patria ! 

En Quebracho no ha sido vencida ninguna idea. 
Por el contrario, se ha exhibido el pueblo uruguayo 
noble, generoso y viril aún en medio á sus desgracias ; 
ese pueblo que solo aguarda una oportunidad para 
vencer. Quién sabe si él que ha de presentarla no 
está, como el General Urquiza, entre los que con un 
presentimiento ó visión del porvenir han rechazado y 
rechazan modestamente, en esta jornada, el título de 
vencedores que otros se adjudican con suma facilidad. 

Puede que si en Quebracho hubo algún vencido no 
sea otro que el que se aturde á sí mismo con el título 
de vencedor, discerniéndose honores, títulos y rique- 
zas que no se han adjudicado á los proceres de nuestra 
Independencia. — Las tituladas victorias sobre los pue- 
blos producen esos efectos saludables hasta en las con- 
ciencias de los mismos tiranos, que caen del poder 
sin la gloria del valiente : mueren sin pelear ó huyen 
sin honor y con el terror en el alma ! 



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LA CLEMENCIA 

ó 

EL PEÜDÓN DE LOS REVOLÜCIONAÜIOS <^> 

" La clemencia no 68 siempre lo qne ella 
parece El perdón puede ser la cnna de 
una segunda desgracia." 

El perdón, en la forma como se ha otorgado, prueba 
acabadamente que se ha procedido de una manera 
dictatorial. 

Lo que se ha querido prestigiar no es la ley ni la 
Constitución : es el hombre ; y en las democracias los 
hombres son nada ; las leyes son todo ; porque son las 
que salvan los principios y dejan ejemplos saludables 
que imitar á los pueblos que viven de la forma repu- 
blicana. 

Para ejercitar este acto ha sido necesario violar la 
ley, conculcar la Constitución ; pasar por encima de 
los poderes públicos. 

Ni más ni menos que lo que hacen los que tienen 
la suma del poder público : por mi orden os condeno; 
por mi orden os perdono. 



1— Este artfcalo f aé publicado en Marzo 25 de 1885 en " El Nacional " de Buenos 
Airee, con motivo de la revolución que en Febrero de dicho afio encabezaron los sefio- 
ree Coronel D. Máximo Lajera y Dree. D. Garlos A. Berro y D. Luis M. Gil. 

8u reproducción es tanto más pertinente, sin preocuparse de la profecfa en él con- 
tenida, si se tiene en cuenta que en los tUtimos sucesos realizados la intervención del 
Dictador ya no fué ni á título siquiera de Presidente de la BepiibUca. 



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— 42 — 

Y al hecho de la libertad se le ha rodeado de cir- 
cunstancias tendentes á matar en la persona de un 
prisionero el sentimiento, el derecho y la idea de la 
revolución. — ^Ese acto personalísimo cae bajo aquellas 
palabras de un autor inglés cuando dice: el caballero 
sabrá hacer un obsequio sin la menor demostración de 
arrogancia ; será finalmente de aquellos á quienes se 
puede aplicar este dicho de Walter Scott respecto de 
Lord Lothiam : ^^ Es un hombre de quien se puede 
recibir un favor^ y esto^ en la actualidad^ ya no es 
poco. " 

Y si ello ha sucedido, es porque el perdón en sí re- 
fleja ese personalismo que siempre choca á los hombres 
de ideas. — Si se hubiera aplicado la ley, ésta, imparcial, 
sana y buena, no hubiese pretendido empequeñecer 
lo grande porque lo habria enaltecido; no hubiera 
sido compasiva con el inocente porque lo habria ab- 
suelto ; no habria brillado para iluminar la persona 
del que se sobrepone á la ley sino para que resaltara 
la austeridad de carácter demostrada por esos ciuda- 
danos, desgraciados en su jornada pero grandes en su 
caida. — El revolucionario habria aparecido digno de 
su obra, y el funcionario ocuparia el lugar que la ley 
le marcaba. — Procediendo como se ha procedido se 
ha impedido que la luz se haga. Las tinieblas domi- 
nan el escenario ! 

El personalismo, desgraciadamente, es el que se ha 
impuesto en este caso. El que ha brillado ño es el 
Presidente de la República; es un hombre ! Esto lo 
prueba ese perdón en cuyo fondo se esconde la dicta- 
dura y el temor á la discusión. 



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— 43 — 

La Constitución de la República Oriental del Uru- 
guay dice en su artículo 17, inciso 14 : " A la Asam- 
blea General compete conceder indultos, ó acordar 
amnistías en casos extraordinarios, y con el voto, á 
lo menos, de las dos terceras partes de una y otra 
Cámara." El 83 agrega que *' el Poder Ejecutivo no 
^' puede privar á individuo alguno de su libertad perso- 
" nal" y en el caso de exijirlo así ''urgentísimamente el 
" interés público, se limitará al simple arresto de la per- 
'^ sona con obligación de ponerla en el perentorio 

" TÍRMINO DE VEINTE Y CUATRO HORAS, Á DISPOSICIÓN 

^*DE su JUEZ competente" pudieudo, según el artículo 
"81, tomar medidas prontas de seguridad en los casos 
" graves é imprevistos de ataque exterior, 6 conmoción 
" interior^ dando inmediatamente cuenta d la Asam^ 
^* blea General^ ó en su receso á la Comisión Perma- 
" nente, de lo ejecutado y sus motivos, estando k 
" su resolución. " 

Estas son las prescripciones constitucionales. 

Ellas se han falseado abiertamente. 

Los ciudadanos han sido presos, revolucionarios y 
no revolucionarios. 

Una vez presos no han sido puestos á disposición 
del Juez competente. 

Una vez producida la conmoción interior nada se 
ha comunicado al Cuerpo Legislativo, por conducto 
oficial. 

Los aprehendidos, sin consultarse á la autoridad 
respectiva, son puestos en libertad por un Poder in- 
competente. 

Y para otorgar esa propia libertad, el Poder Ejecu- 
tivo, representado en la persona del Presidente de la 



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— 44 — 

República, no hace uso de ninguna fórmula constitu- 
cional ; prescinde de sus Secretarios de Estado, vio- 
lando así otra disposición de la ley de las leyes. 

La Asamblea General, que es la única que puede 
amnistiar, es precisamente la no consultada ; y el Po- 
der Ejecutivo, que no puede poner en libertad á un 
preso sino someterlo á sus jueces naturales, dando 
cuenta al Poder Lejislativó, es el que, sin decreto y 
sin que sus actos sean refrendados por sus Secretarios 
de Estado, vá á la Cárcel y arranca del poder de la jus- 
ticia á los titulados delincuentes. 

El Poder Judicial es menospreciado, el Poder Lejis- 
lativó burlado, y el Poder Ejecutivo el que brilla en 
todo esto, por habérsele echado de menos. 

Si actos tales deben aplaudirse por los pueblos es 
porque, ó estamos acostumbrados á juzgar las cosas 
por sus efectos sobre los sentidos ó á vivir en una per- 
petua anarquía de ideas, en materia constitucional. 

En el fondo del perdón otorgado se encuentra la dic- 
tadura. Esta es la que por su mano ha dado libertad 
á los presos. Ha temido el enjuiciamiento de esos 
revolucionarios, absueltos ya ante la conciencia públi- 
ca, por más que pretenda arrojarse el ridículo sobre 
sus personas. 

Los legisladores y magistrados que consienten tal 
usurpación de poderes debieran recordar que esto 
importa conc^á&c faculiades extraordinarias al gober- 
nante, haciéndole irresponsable. 

No en vano la ciencia constitucional califica dura- 
mente á los ciudadanos que permiten tal uso de facul- 
tades extraordinarias. El silencio de Sieyes no debiera 
imperar en aquella Asamblea General 1 



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— 45 - 

Las revoluciones no se matan con actos dictatoria- 
les. Por eso ya ha dicho el poeta : 

" La clemencia no es siempre lo que ella parece. 
El ¡perdón puede ser la cuna de una segunda des- 
gracia. " 

Ese perdón así otorgado puede ser la cuna de una 
segunda revolución, porque durum est torquere leges ut 
torqueat homines. 



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X 
JEFES DE PARTIDO- SUS CUALIDADES ''' 

Los movimientos políticos nunca se producen aisla- 
damente, sin una razón de ser que los agite y los 
desarrolle en el escenario social. Las causas estarán 
latentes, y hé ahí todo. Pero, para realizarlos se 
necesita de los hombres que tienen la práctica de 
la vida pública ; y estos no ignoran que cuando se 
ha vivido en medio á los asuntos políticos y á las ma- 
niobras de los partidos, se está en mejores condiciones 
para darse cuenta de los sacrificios que pueden exigir 
de un hombre de Estado las necesidades del momento, 
el interés de sus amigos y la salud de su causa. Al 
contrario, nos hacemos crueles con ese hombre cuan- 
do su conducta no se juzga sino con esas teorías infle- 
xibles que se imaginan en la soledad y que no han sido 
sometidas á la prueba de la vida. 



Tres causas contribuyen á formar las opiniones po- 
líticas de un hombre : su nacimiento, sus reflexiones 
personales y su temperamento. Esto tratándose de con- 
vicciones sinceras, pues en caso contrario existe una 



l—Las ideas contenidas en este Oapftnlo y en el siguiente son tomadas, casi al pié de 
la letra, de Smües, Boissier y Lanfrey. Pertenecen á un artículo que publicamos en 
la " Patria Argentina ", de Buenos Aires, en 22 de Enero de 1881. Hemos considera- 
do ütil su reproducción.— Refutábamos en él algimas consideraciones emitidas en '< El 
Nacional " de Montevideo. Así se explicarán ciertas alusiones partidistas y algunos 
conceptos transcriptos en el cuerpo del artículo. 



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— 48 — 

cuarta, que hace más conversiones que otras: el interés, 
es decir, esa inclinación que se experimenta contra 
sí mismo en sostener que el partido más ventajoso es 
también el más justo, y conformar sus sentimientos á 
las posiciones que se ocupan ó á las que se anhelan. 

Esta última suele ser la que en política hace impe- 
rar " el pensamiento sereno y reflexivo, frió y reposa- 
do para todos sus cálculos, matemático y seguro en 
sus conclusiones, " y el que pone en práctica el hom- 
bre de Estado, en el poder, para realizar sus altos fines 
nacionales prescindiendo del partidismo. Pero, no 
sucede otro tanto con el jefe de partido en la oposición 
á quien la naturaleza de las circunstancias le señala 
distinto camino, so pena de que las tradiciones del 
pueblo, su carácter, sus recuerdos, todas las fuerzas 
sociales que no se han tenido cuenta, no quieran ni 
puedan ni deban someterse á las leyes rigurosas que 
se les imponga. Llegado ese momento el político se 
apercibe que todo eso no se combina en el gabinete 
como se quiere ^ y que cuando aquellas fuerzas se opo- 
nen decididamente, es necesario resignarse á modificar 
el plan que parecia tan bello antes de llevarse á la 
práctica; siendo entonces llegado el momento verda- 
deramente difícil. 

Esas tradiciones y esa voluntad del partido hay que 
respetarlas cuando el periodista comienza por declarar 
que son las que le servirán dé guia, y con mayor razón 
si se tiene presente que son más obstinadas intran- 
sigentes y estrechas á medida que su muerte se apro- 
xima^ 



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— 49 — 

Cicerón era tímido é irresoluto. La naturaleza 
le había hecho hombre de letras más bien que 
hombre político. Es cierto que el hombre de letras 
está á menudo más en posesión de su espíritu, siendo 
más comprensivo, más extenso que el hombre político, 
condiciones precisamente que le perjudican y le con- 
trarían cuando se pone á la obra. El hombre de 
Estado debe carecer de ciertas cualidades, pues no hay 
que olvidar que la capacidad política se revela á ve* 
ees por límites y exclusiones. Un golpe de vista dema* 
siado fino y penetrante puede embargar á un hombre 
de acción ( que debe necesariamente decidirse pronto), 
por el sinnúmero de razones contrarias que aquel le 
suministra. Demasiada viveza de imaginación, preo- 
cupándola en muchos proyectos á la vez, le impide 
fijarse sobre uno solo. La obstinación viene á menudo 
de la estrechez de espíritu, y es una de las más gran- 
des virtudes del político. 

Una conciencia demasiado exigente, haciéndola di- 
fícil sobre la elección de sus aliados, le privaría de 
socorros poderosos. Es necesario que desconfie de 
esos raptos de generosidad que le impulsan á ser justo 
con sus propíos enemigos. En las luchas encarnizadas 
que se libran al rededor del poder se corre el riesgo 
de desarmarse á sí mismo y dejarse aventajar si se 
tiene la desgracia de ser justo y tolerante. Hasta la 
misma rectitud natural del espíritu, la primera cuali- 
dad de un hombre de Estado, puede convertirse en 
un peligro, en casos dados. 

Si es demasiado sensible á los excesos y á las injus- 
ticias de su partido, lo servirá muellemente. Para 
que su abnegación sea á toda prueba no es necesario 



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— 50 — 



solamente que él los escuse ; debe ser capaz de no 
verlos. Hé aquí algunas de las imperfecciones del 
corazón y del espíritu, y á las cuales precisamente 
debe sus triunfos el hombre político ! 



Prescindir del hombre de corazón es como no preo- 
cuparse del estado real de las opiniones, de los senti- 
mientos y de las necesidades de la nación, incurriendo 
en el error de los doctrinarios, teóricos sistemáticos, 
inflexibles en sus fórmulas, á pesar de ser muy fáciles 
en su conducta ; hombres de palabra más bien que de 
acción, — dogmatismo bueno para la escuela y no para 
la tribuna, — muy parecido á la infalibilidad del maes- 
tro más bien que á la autoridad discutida del hombre 
de Estado, — y cuya virtud más esencial en éste, es la 
voluntad. 

No basta insultar la desgracia para ser un hombre 
de Estado, desde que jamás ha existido gran político 
sin inspiración generosa — pues es preferible hacer la 
política por generosidad, á verse obligado á hacer lo 
mismo por cálculo. 

La teoría bastante acreditada de que los hombres 
no son sino lo que los acontecimientos quieren, tra- 
tando de buscar su horóscopo en el insignificante me- 
dio en que se agitan, llega hasta deducir el carácter y 
el genio de un poeta de la naturaleza del suelo en que 
ha nacido, como si se tratara de un tulipán. Al con- 
trario, los verdaderos hombres se forman luchando 
contra las circunstancias, en vez de someterse á ellas ; 
son hechos para servir y no para mandar ; y su influen- 



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— si- 
da sobre los caracteres enérgicos se reduce en defini- 
tiva á la ocasión que ofrecen á sus facultades. Los 
acontecimientos no levantarán al que los violenta, 
teniéndolos en su contra ; pero tampoco lo hundirán. 

La acción ha llegado á ser tan rara en las mezquinas 
condiciones de la vida moderna que debe considerársela 
como un beneficio inestimable por aquellos á quienes 
se ofrece, bajo cualquier forma, cuando aún son bas- 
tante jóvenes como para aprovecharla desarrollando 
sus facultades. La responsabilidad es la gran escuela 
de la vida humana. Es la prueba á que se someten, y 
en la que se reconocen, los hombres que moralmente 
han nacido viables : cuanto más seria es, mucho más 
se fortifican el carácter y la inteligencia. 

Es necesario conciliar las necesidades de la vida con 
las exigencias celosas de una carrera que absorbe al 
hombre por completo, no dejándole sino recursos 
precarios é insuficientes. De ahí que esta carrera no 
pueda llegar á ser gloriosa sino á condición de perma- 
necer desinteresado, porque una pluma que busca el 
lucro está muy próxima á la venalidad. 

El espíritu de sistema jamás ejercerá imperio perma- 
nente sobre un alma dotada de miras elevadas. Para 
todo hombre que tiene pasiones y facultades activas, el 
mundo tal cual es, con sus azares, sus contrastes y sus 
calamidades, será incomparablemente más bello y más 
envidiable que ese mundo cerrado de la utopía donde 
todo está administrado, previsto y reglado como en una 
prisión; dónde el heroismo no consiste ya sino en pro- 
ducir y en consumir según ciertas reglas ; la virtud en 
satisfacer sus apetitos ; la libertad en obedecer ; el 
honor en cumplir con un reglamento ; el genio en dar, 



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— 52 — 

no los frutos naturales de un espíritu poderoso, pero sí 
aquellos que se le quieran pedir después de haberlo 
previamente adiestrado. 

Tal como se pretende hacer el político es muy posi- 
ble que se opere ^ este fenómeno: podrá hacerse un 
escritor raro, original, pero no un hombre superior. 



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XI 
LOS HOMBRES DE CORAZÓN 

En política las dificultades no desaparecen porque 
uno no se atreva á mirarlas de frente. 

La diplomacia de los pequeños medios y esa serie 
de experimentos subalternos, que son el triunfo de la 
medianía, se rechazan por los hombres de gran ambi- 
ción como de gran corazón ; éstos no quieren disputar 
pequeños triunfos ; guardan en el seno de su presente 
oscuridad la dignidad de su grandeza futura y no se 
preocupan sino de fines capaces de levantar el alma. 
Tienen al respecto una multitud de preocupaciones y 
de escrúpulos que la vulgaridad de la ambición jamás 
penetrarán. 

Hombres superiores, dotados de un corazón ge- 
neroso, fueron los que llevaron á cabo la gran obra de 
la Independencia Americana y de la Revolución Fran- 
cesa, sin preocuparse de los que creian que para 
realizarlas era necesario aguardar á que las masas 
estuvieran preparadas para comprender ese gran mo- 
vimiento. El argumento relativo á la Independencia 
Americana ya se ha contestado por Alberdi ; y en 
cuanto á lo segundo, se padece un grave error cuan- 
do se supone que la Francia no estaba preparada para 
la realización de ese magno acontecimiento. En efec- 
to, el Renacimiento y la Reforma habían preparado 
este último, y la revolución era inminente porque 



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— 54 — 

eran inútiles las instituciones sociales en que repo- 
saba la monarquía, lo que hacia exclamar á Siéyes, 
cuando se le preguntaba : '^y suprimido esto ¿ qué 
queda ? — '^ Queda la Nación francesa ! " 

La sabiduría de hoy, tan segura sobre sus muletas 
inamovibles, acusa de temerarios á los hombres de 
ese tiempo, por haber tenido el valor de sublevarse 
contra la monarquía y marchar hacia adelante, pre- 
tensión atentatoria á los derechos de la Providencia. 
Considera quimérica su fé; locura su noble inquie- 
tud ; ilusiones sus virtudes, y crímenes sus errores. 
No importa! lo mejor que tenemos pertenece á ellos, 
y no llegaremos á ser varoniles y jóvenes sino vincu- 
lándonos á su pensamiento. 

Es una confianza, si se quiere, exagerada de la 
fuerza y virtud humanas, pero sin este acto de fé, 
que es el único que tiene el privilegio de hacer des- 
cender el ideal á la tierra, los siglos estarían vacios, y 
el mundo no ofrecería más que un caos sin nombre 
donde los intereses y las pasiones se agitarían perma- 
nentemente en un eterno conflicto. 

Sin Rousseau, el intérprete apasionado y elocuente, 
cuya grandeza consistió en creer con todas las fuer- 
zas de su alma en el bien absoluto, en la posibilidad 
de realizarlo, y así haber arrastrado, de buena ó mala 
voluntad, á todos los espíritus hacia esas regioneá 
ideales, y haber recordado á los hábiles que la política 
no es solamente una ciencia de observación sino tam- 
bién una escuela de justicia, — la Revolución Francesa 
no hubiera progresado. — El ha sido el vuelo, el pen- 
samiento, lá pasión. Donde se habia colocado la luz 
él trajo la llama. Introdujo confusión en las ideas 



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— 55 — 

de su tiempo; falseó y pervirtió la idea de igualdad, á 
fuerza de exagerarla ; pero es indudable que sin él, 
sin su entusiasmo, sin la fiebre generosa que encendió 
en todos los corazones, sus ilustres sucesores no ha- 
brían fundado nada sólido en medio á esas terribles 
tempestades que muy pronto sacudieron su gran obra. 

La libertad es como el Dios celoso : quiere ser 
adorada por sí misma. — Los que no aman en ella mas 
que el dinero ó la influencia, ó la seguridad que les 
trae, esos serán siempre la presa legítima de todas las 
uranias. 

Felizmente los pueblos son infinitamente menos ac- 
cesibles á las ideas de interés que lo que se les supone 
generalmente. A veces envidian los goces materiales; 
pero siempre conservan por ellos un secreto desprecio. 
Ved sino á quienes premia con la gloría ! ¿ al rico ? 
¿ al hombre materialmente útil ? ¿ al inventor indus- 
trial ? ¿ al que le proporciona la comodidad ? Nó ! 
premian con ella al poeta, al soldado, al artista, al 
orador, al filósofo, á esos amantes desinteresados de lo 
bello, de la verdad y de la justicia, á esos héroes — á 
esos locos — á esos seres inútiles é improductivos que 
ven perseguir sus nobles quimeras á través de todos 
los embates de la suerte — la pobreza y la envidia.— 
El interés no apasiona exclusivamente á los pueblos 
sino cuando su sentido moral está profundamente 
pervertido. Siempre que les veáis emprender el ca- 
mino de las cuestiones intelectuales y morales, podréis 
asegurar que los dias de la servidumbre no están dis- 
tantes. 

Sin duda tienen razón los que dicen que el saber 
es una fuerza ; pero la nobleza de carácter es también 



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— 56 — 

una fuerza mucho mayor y de orden más elevado. El 
espíritu sin el corazón ; la inteligencia sin el buen pro- 
cedimiento ; la habilidad sin la benevolencia ; — son 
fuerzas á su modo ; pero fuerzas que pueden servir 
para el mal. Es cierto que nos proporcionan instruc- 
ción ó recreo, pero también á veces nos es tan difícil 
, admirarla como difícil sería admirar la destreza de 
mano de un ratero ó la pericia con que el salteador 
maneja su caballo. — Por eso cuando Esteban Colonna, 
preso por sus cobardes opresores, fué interrogado : 
¿ Dónde está tu grandeza ? ¡ Aquí ! respondió con 
altivez, poniendo la mano sobre el corazón. 

El hombre .de corazón está siempre resuelto ( ayu- 
dado ó nó ) á mostrarse tal cual debe ser en todas las 
circunstancias que le incumbe dar pruebas de energía, 
de habilidad ó de intrepidez. 

Por eso la vida de un solo hombre que se distingue 
por la energía y persistencia de sus aspiraciones, basta 
para encender el fuego sagrado en todos aquellos que 
tienen el mismo gusto y las mismas aptitudes, y para 
garantir la misma distinción y gloria á todos aquellos 
cuyos esfuerzos son igualmente vigorosos. La cadena 
del ejemplo abraza de esta suerte todas la edades en 
la sucesión infinita de sus eslabones, y la admiración, 
madre de la imitación, perpetúa al través de los siglos 
la verdadera aristocracia : — la del corazón — el genio 1 



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XII 
LOS AMIGOS DEL TIRANO 

Cuando alg^nien vivía acosado de deudas, 
César le atraía hacia sí, como á un ami- 
go, siempre qne faese un asesino capaz 
de osarlo todo. 

Cicerón- 

(Los déspotas y los tiranos son siempre idénticos cualquiera que sea el tiempo y 
el lugwr en que desenvuéksm su acción ; emplean los mismos medios pa^ra corromper^ 
y los vicios que ellos adulan yfomenta/n son la coAisa de su propia desgracia» En él 
CapCtuU) de Boissier, que vá á conUnuación, traducido de su obra Cicerón t sus 
AMIGOS, está pintado m>agistraVmente el cuad/roenquese destacan Césa/r y sus amigos, 
por él corrompidos y degradados. Los Senadores, los Cónsules, hs Pretores, hs 
Lictores y las Provincias Romanas de Césa/r desempeña^n él mismjo papel que 
acttiaUmente representam. nuestros Senadores, Jefes Políticos y Comandantes MiUta^ 
res en los Depa/rtamerUos de 2a República bajo la dominación del déspota Máxima 
Santos. Tpanra que la semejanza sea más real y verdadera aUgvien ha habido que, 
como Curion, muriera antes de tener oportunidad para públicamente arrepentirse de 
su obra nefa/nda. Siendo nuestro panfieto esencialmente de propaganda, no hemos 
trepidado en traducir el citado Capitulo ájvn de incorporarlo d estas pajinas, por 
tratarse principalmente de opiniones robustecidas por la firma del emi'nente escritor 
que las emitiera y desarrollara en vma obra cuya lectura nwnca cesaremos de re- 
comendar á la jvA>entud ilustrada de la patria. En estas épocas vale más una, pa^ 
labra autorizadCsima que las doctrinas añejas y los conceptos literariamente vertidos 
por aquellos dudada/nos que sin brújula de moral poUtica pretenden enarbolar " ban,' 
deras á hs pueblos arrancando jirones á im sudouio, " ) 

En su Tratado de la Amistad Cicerón opina que 
un tirano no puede tener amigos. Al expresarse de 
esta manera pensaba en César, y desde luego es pre- 
ciso convenir en que este ejemplo robustece su juicio. 
Donde exista un amo, no faltan cortesanos, y César, 
que los pagaba bien, los tuvo como ningún otro ; ja- 
mas se le conocieron amigos sinceros y desinteresados 
Quizá los tuviera entre sus servidores más oscuros, 
—esos de quienes la historia no conserva recuerdos; 



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— 58 — 

pero de los que colocó en el primer rango, llamándoles 
á compartir su fortuna, ninguno consérvesele fiel. Sus 
liberalidades solo hicieron ingratos ; su clemencia á 
nadie desarmó; y fué traicionado por aquellos á quie- 
nes más favores habia prodigado. Los únicos amigos 
verdaderamente tales eran sus soldados : los veteranos 
que sobrevivían de la gran guerra de las Galias ; y sus 
Centuriones, cuyos nombres conocía uno por uno, los 
cuales se hacían matar heroicamente por él y ante sus 
ojos : entre ellos están Scceva, que en Dyrrhachíum 
tuvo su escudo atravesado por doscientas treinta fle- 
chas ; y Crastinus, que le decia en la mañana de Far- 
salia : " esta tarde me daréis las gracias, muerto ó 
vivo ^. Esos le servieron fielmente ; él los conocía y 
contaba con ellos ; pero también sabia que no podia 
fiarse en sus Generales. Todos estaban descontentos, 
á pesar de haberlos colmado de dinero y honores, 
después de la victoria» Algunos, los más honrados, 
se entristecían al pensar que hablan destruido la Repú- 
blica y derramado su sangre para establecer el poder 
absoluto ; el mayor número no tenia esos escrúpulos, 
pero todos suponían que sus servicios estaban mal 
recompensados. La generosidad de César, por grande 
que fuese, no habia bastado para satisfacerlos. Les ha- 
bia entregado la República ; eran Pretores y Cónsules ; 
gobernaban las Provincias más ricas, y sin embargo 
no cesaban de quejarse. Todo les servia de pretexto 
para murmurar. Antonio se habia hecho adjudicar, á 
vil precio, la casa de Pompeyo ; y cuando se le fué á 
cobrar el dinero se encolerizó pagando sólo con inju- 
rias. Sin duda debió pensar ese día que se le faltaba 
al respeto y quizá hasta tildarlo de ingrato á César! 



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— 59 — 

No es raro ver á esos hombres de guerra, tan valien- 
tes en frente del enemigo y admirables en un dia de 
combate, trocarse, en la vida ordinaria, en ambiciosos 
vulgares, llenos de bajas envidias y de miserias insa- 
ciables. Empiezan por murmurar y quejarse ; conclu- 
yen casi todos por traicionar. Entre los que mataron 
á César se hallaban quizá sus mejores Generales: — 
Sulpicius Galba, el vencedor de Nantuates ; Basilius, 
uno de sus más brillantes oficiales de caballería ; Dé- 
cimus Brutus y Trebornius, los héroes del sitio de Mar- 
sella. En cuanto á los que no estaban en el complot 
no se comportaron mejor ese dia. Nadie ensayó de- 
fenderlo. Los conjurados eran solo sesenta, y habia 
mas de ochocientos Senadores. La mayor parte de 
ellos hablan servido en su ejército ; todos le debian el 
honor de sentarse en la Curia, de la que no eran dignos; 
y esos miserables, que le debian la fortuna y la digni- 
dad, que mendigaban su protección, y vivian de sus 
favores,' lo vieron matar sin pronunciar una palabra 
durante esa lucha horrible en la que, — " como una fiera 
acorralada por los cazadores César se debatía entre los 
golpes de las espadas dirijidos en su contra. " Todos 
ellos permanecieron inmóviles en sus asientos, y su 
coraje solo consistió en huir cuando Brutus pretendió 
hablar teniendo á sus pies el cadáver ensangrentado del 
tirano. Cicerón recordaba esta escena, de la que habia 
sido testigo, cuando decia mas tarde : " Al caer los 
opresores de la patria es cuando se sabe que no tenian 
amigos. " 

Si los Generales de César, que tenian tantos motivos 
para serle fieles, lo traicionaron, ¿pódiaéste tener mayor 
confianza en esos aliados dudosos que habia reclutado 



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— 60 — 

en el foro y que antes que á él habían servido á todas 
las causas? Para ejecutar sus proyectos necesitaba hom- 
bres políticos, y sobre todo el mayor número posible, á 
fin de que el nuevo gobierno no pareciese sometido á 
un régimen completamente militar. No era exijente á 
ese respecto; los admitía sin elejir. Los pillos de to- 
dos los partidos se le habian reunido preferentemente. 
Los recibía bien, aunque los estimaba poco, y formaban 
su comitiva do quiera él fuera. Cicerón quedóse su- 
mamente afectado cuando César fué á Formies y le 
visitó en compañía de ellos. " Todos los pillos dé la 
Italia, decia, están con él ", y Atticus, por lo general 
tan reservado, no pudo menos que llamar á este cor- 
tejo : " una banda infernal. " Por más habituado que 
se esté á la iniciativa de revoluciones semejantes, to- 
mada por quienes nada tienen que perder, hay sin 
embargo motivos de sobra para sorprenderse al ver 
que César no encontrara aliados más honorables para 
realizar su obra. Sus adversarios no obstante se ven 
obligados á reconocer que no merecía conservarse 
mucho de lo que él pretendía destruir. La revolución 
que meditaba tenía sus razones justificativas ; era na- 
tural que tuviese partidarios sinceros. ¿ Cómo, pues, 
se explica que entre los que contribuyeron á cambiar 
un régimen político, del que muchos se quejaban, por 
el que todos habian sufrido, se encontraran muy pocos 
que procedieran por convicción, y que la mayoría fue- 
sen conspiradores á precio, sacrificándose sin sinceri- 
dad por un hombre á quien no amaban y por una 
obra que consideraban perjudicial? 

Ese fenómeno se explicaría teniendo en cuenta los 
medios ordinarios que César empleaba para reclutar 



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— el- 
los hombres que formaban su partido. Es sabido 
que para atraer alguno á su causa jamas se preocupó 
de demostrarle los defectos del gobierno antiguo y 
los méritos del que quería colocar en su lugar. Em- 
pleaba argumentos más simples y más seguros : paga- 
ba. Conocía bien á los hombres de su época ; y no se 
equivocaba al pensar que en una sociedad entregada 
completamente al lujo y á los placeres, las creencias 
ya debilitadas no dejaban vado sino para el interés. 
Organizó, pues, sin escrúpulos, un vasto sistema de 
corrupción. La Galia le proporcionó mil recursos y 
buenos medios. La trató con el mismo rigor con que 
la habia vencido, *^ apoderándose, dice Suetonio, de 
cuanto hallaba en los templos de los dioses, tomando 
las ciudades por asalto, menos para castigarlas que 
para tener el pretexto de despojarlas. " Con ese dinero 
atraía partidarios. Los que le visitaban jamas se 
alejaban con las manos vacias. Ni aún desdeñaba 
hacer regalos á los esclavos y á los libertos que tenian 
alguna influencia sobre sus amos. Durante sus au- 
sencias de Roma, el hábil español Balbus y el banquero 
Oppius, sus agentes, distribuían beneficios en su nom- 
bre ; socorrían discretamente á los Senadores compro- 
metidos ; se constituían en tesoreros de los jóvenes de 
buena familia que habían agotado los recursos pater- 
nos. Prestaban sin interés, pero muy bien sabían qué 
clase de servicios serían necesarios para luego liber- 
tarse. Fué así que compraron á Curion, quien se hizo 
pagar muy caro : tenía más de 6o millones de sestercios 
de deudas ( cerca de dos y medio millones de fuertes). 
Caelius y Dolabella, que se hallaban en mejores con- 
diciones, fueron probablemente conquistados por los 



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— 63 — 

mismos medios. Jamás la corrupción fué mayor ni se 
la ostentó más impúdicamente. Casi todos los años, 
durante el invierno, César regresaba de sus escursio- 
nes á la Galia Cisalpina cargado con los tesoros de 
los Galos. Entonces se abría el mercado, y los gran- 
des personajes acudian formando en fila y haciendo 
cola. Un dia, en Lucques, llegaron tantos á la vez 
que se pudieron contar hasta doscientos Senadores en 
el salón y ciento veinte Lictores en la puerta. 

Por lo general la fidelidad de los venales termina 
con la inversión y el derroche del dinero entregado ; 
y como el así obtenido se conserva muy poco ó nada, 
resulta que cuando comienzan á escasear las prodiga- 
lidades es indispensable empezar á desconfiar de tales 
mercaderes. Más tarde ó más temprano una razón 
particular influiría para descontentar á esos amigos 
políticos de César. Habían crecido en medio á las 
tempestades de la República ; se habían arrojado des- 
de muy jóvenes en. esa vida activa y ruidosa tomán- 
dola demasiado cariño. Nadie como ellos había 
abusado de la libertad de la palabra ; le debían la 
influencia, el poder, el renombre. Por una extraña incon- 
secuencia, esos hombres que trabajaban esforzadamen- 
te por establecer un gobierno absoluto eran los que 
menos podían privarse de las luchas democráticas en 
la plaza pública, de las agitaciones de los negocios, de 
las emociones de la tribuna, es decir, de lo que cons- 
tituye la fuerza y el nervio de los gobiernos libres. So- 
lo á ellos pesaría, más que á ninguno, el poder despó- 
tico á implantarse, desde que anteriormente no habían 
podido soportar ni aún el yugo ligero y justo de la ley. 
Así no tardaron en darse cuenta de la falta que habían 



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— 63 ~ 

cometido. Comprendieron que ayudando al amo á 
apodefarse de la libertad de los otros, habían ahe. 
rrojado la suya propia. Al mismo tiempo les fué fáci 
apercibirse que el nuevo régimen, por ellos implan 
tado, no podia proporcionarles los beneficios de que 
habian gozado poco tiempo atrás. ¿ A qué quedaban 
reducidas esas dignidades y esos honores con que se 
pretendía pagarles, si un solo hombre poseía la realidad 
del poder ? Era indudable que todavía existían Preto- 
res y Cónsules ; pero ¿ qué comparación podia hacerse 
entre los de la antigua República y esos magistrados 
dependientes de un hombre, sometidos á sus caprichos, 
dominados por su autoridad, oscurecidos y anulados 
por su gloria? De ahí debían nacer inevitablemen- 
te los descontentos, los arrepentimientos, y á menudo 
también las traiciones. Hé aquí porque esos aliados, 
reclutados entre los diversos partidos políticos, después 
de haberle sido útilísimos concluyeron por causarle 
gran embarazo. Ninguno de esos espíritus revoltosos 
é indóciles, indisciplinados por naturaleza y por hábito, 
consintió de buena voluntad en someterse al yugo y 
resignarse de corazón á la obediencia ciega. Una vez 
alejados de la présesela del amo, y no pudiendo ser 
contenidos por su poderosa mano, sus antiguos instin- 
tos lenacian, volviéndose á ver en ellos, á la primera 
ocasión, á los sediciosos de otros tiempos. Al ausentar- 
se César de esa ciudad pacificada por su poder abso- 
luto, los desórdenes se reproducían con nuevos ímpetus 
y animado furor. Así se explica que Caelius, Dolabella 
y Antonio comprometieran más de una vez la tranqui- 
lidad pública, que estaban obligados á conservar dado 
el puesto que desempeñaban. Curion, el jefe de esta 



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— 64 — 

juventud allegada al nuevo gobierno, murió muy pron. 
to para haber tenido tiempo siquiera de contarse entre 
los descontentos; pero, no es aventurado conjeturar, — 
vista la manera lijera y desdeñosa con que hablaba de 
Cesaren sus conversaciones íntimas y enia poca ilusión 
que á su respecto se forjaba, — que habría procedido 
como los demás, pertenecientes á esa juventud dorada 
que hirió de muerte las instituciones de su pais. 



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xm 

MANIFESTACIÓN DE PRINCIPIOS ^' 

M Club Kaoional del Departamento de Monteyideo sancioiLada 
en la gran rennión popnlar del dia 7 de Jnlio de 1872. 

Decidido por su parte el Partido Nacional á ejer- 
citar sus derechos y á cumplir los deberes que la 
Convención de Paz le impone, confiando en que los 
depositarios del poder público llenarán el compromiso 
especial y solemne que han contraído de garantir á 
todos los ciudadanos el libre ejercicio de sus derechos 
políticos, persiguiendo y evitando todo fraude y coac- 
ción — el Club Nacional de Montevideo levanta como 
bandera electoral para los próximos comicios, y como 
vínculo de unión entre sus correligionarios políticos, 
la siguiente declaración de principios y propósitos, á 
cuyo triunfo consagrará sus esfuerzos. 

El Club Nacional admite como un principio de 
libertad y de justicia la coexistencia de los partidos que, 
buscando su influencia y preponderancia por los medios 
legales, aspiren á dirijir los destinos de la República. 

1 — La publícaddn de este notable docnmento político, obra de ciudadanoB como el 
Dr. D. Juan José Herrera 7 don Agnsiin de Yedla, que fué acogido por todos loa hom- 
bres del Fabtido NacionaIí con entusiasmo verdaderamente patriótico,— obedece á lo 
expuesto en la página 7 de este Ubre. Su lectura bastará para demostrar que los que han 
militado y militan en sus filas son obreros de una causa altamente nacional. Envueltos 
en esa bandera bien pueden vivir fuera del poder, desterrados y derrotados, los ciuda- 
danos que saben rendir culto & los principios. £Ua ennoblece á lod caídos, para vergüenza 
de los que humillan al país. Advertimos que hemos suprimido el comienzo del Programa, 
referente Á la Paz de Abril, por no ser pertinente ni participar nosotros de U apredacidn 
que á su respecto se hace. 

9 



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Como consecuencia de esta declaración, sostendrá para 
sí y para los demás, á la par de las garantías indivi- 
duales que la Constitución consagra, la libertad de la 
prensa, la libertad de asociación y de reunión, la liber- 
tad de sufragio. Considera que solo el respeto recípro- 
co de estos derechos primordiales puede desarmar á 
los partidos, convirtiéndolos definitivamente en ele- 
mentos solidarios del progreso y felicidad de la Re- 
pública. 

El Club Nacional obedece á una aspiración del 
patriotismo oriental que ha tenido sus manifestaciones 
gloriosas, sin que los grandes principios en que se fun- 
da hayan llegado á realizarse aún en toda su amplitud ; 
no condena ni glorifica los partidos del pasado ; no se 
considera ligado en su marcha futura á los hechos en 
que aquella aspiración haya sido contrariada ó desco- 
nocida, y condena todo, esfuerzo que tienda á la orga- 
nización ó perpetuación de partidos ó bandos per- 
sonales, de partidos exclusivistas y tiránicos, que 
renovarían las calamidades de otras épocas poniendo 
en peligro las conquistas, á caro precio alcanzadas, en 
favor de la libertad y del orden. 

El Club Nacional admite en su seno á todos los 
ciudadanos, cualesquiera que hayan sido anteriomente 
sus opiniones políticas, y siempre que acepten las ideas 
fundamentales consignadas en este programa. 

El Club Nacional, consecuente con sus declara- 
ciones y con el espíritu elevado que lo anima, pro- 
penderá á llevar á la Representación Nacional y 
á la Presidencia de la República á los ciudadanos 
más capaces de realizarlas, por sus virtudes y sus 
talentos, y no vacilará en escojerlos fuera del seno de su 



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— 67 — 

comunidad política, siempre que estén de acuerdo 
con las ideas y propósitos fundamentales que ella pro- 
fesa. Siendo los Representantes del pueblo legislado- 
res y á la vez electores del Presidente de la República, 
vicio de que adolece la Constitución actual, el Club 
Nacional no hará depender la designación de sus can- 
didatos de la adhesión á determinada candidatura Pre- 
sidencial, sino que se fijará principalmente en las 
aptitudes ó condiciones que reúnan para desempeñar 
dignamente el cargo de Legisladores, en la seguridad 
de encontrar agí también buenos electores. 

El Club Nacional propenderá á que sus candidatos 
respondan, por sus ideas é ilustración, á las necesida- 
des más vitales de la actualidad, y considera que son 
de las primeras : 

El mantenimiento de la paz como bien supremo 
para la Nación y base de toda mejora y de todo pro- 
greso. 

El restablecimiento del orden y de la moral ad- 
ministrativa. 

El afianzamiento del crédito público. 

El respeto escrupuloso de los compromisos legal- 
mente contraidos por el Estado. 

La reforma de la ley de elecciones, con arreglo á la 
mayor subdivisión de los distritos ó circunscripciones 
electorales y al sistema que mejor consulte la repre- 
sentación de las minorías. 

La reducción en cuanto sea posible de los gastos • 
de la Administración Pública, á fin de disminuir los 
impuestos y de alejar toda combinación económica ó 
financiera que pudiese esterilizar las fuerzas producti^ 



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— 68 -L 

vas del país, cuyo desenvolvimiento reclama la mayor 
solicitud de parte del Estado. 

La creación de la Alta Corte y reorganización de 
la Administración de Justicia en la Capital como en 
los demás Departamentos, depositándola en magistra- 
dos de ciencia y de probidad intachable, y dándole 
todo el ensanche y descentralización necesarias, á fin 
de que todo el país goce de sus beneficios. 

La consagración de la responsabilidad civil de to- 
dos los funcionarios públicos por el quebrantamiento 
de los derechos, libertades y garantías establecidas en 
la Constitución y las leyes. 

El mejoramiento de las Cárceles y fundación de la 
Penitenciaria. 

La abolición de la pena de muerte por delitos polí- 
ticos. 

El establecimiento del Gobierno Municipal con- 
fiando á los pueblos y distritos rurales el manejo de 
sus propios intereses abandonados hasta hoy, cuan- 
do no absorbidos por una centralización administrativa 
que no responde á las exigencias de la época. 

La seguridad y garantías más eficaces en favor de 
la propiedad rural, único medio de subsanar los que- 
brantos que ha sufrido, y que no permanezcan incultos 
é improductivos nuestros campos. 

El fomento y la mayor difusión de la educación 
é instrucción del pueblo, única base firme de las insti- 
tuciones democráticas. 

. La difusión de la enseñanza agrícola é industrial, 
prestándole la atención que hasta hoy le ha faltado, 
y en que se cifra en gran parte la riqueza y el porve- 
nir del país. 



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— 69 - 

El Club Nacional, propenderá, en una palabra, á 
que se realizen todas aquellas reformas que puedan 
contribuir á elevar las condiciones morales de la po- 
blación y el desenvolvimento de la riqueza y prospe- 
ridad de la República. 

El Club Nacional, por último, reconoce la con- 
veniencia de que la Constitución de la República sea 
reformada, adaptándola á las exigencias de la época 
y á la marcha progresiva de la sociedad. 

Con un gobierno regular, que los orientales tienen 
la esperanza de alcanzar en los próximos comicios, 
emanado del pueblo, que descanse en el sólido pe- 
destal de la opinión, y reciba de ella su única fuerza, 
serán realizables todas las aspiraciones patrióticas y se 
alejarán las causas de perturbación interior y las com- 
plicaciones extrañas que han llegado á poner en con- 
flicto la autonomía de la Nación. No será posible 
temer entonces ni las aberraciones del fanatismo polí- 
tico, ni las venganzas sangrientas, ni la perpetuación 
de los odios del pasado. 



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'^¡n^íii^ '^kmfí^ifi 



Jncorporamos a estas pajinas algunos de los Rasgos 
Biográficos entresacados de la olra que en estos momentos 
tscríbimoslajo el título ^IbuDtbtls íllüria, que contendrá, 
no solo la ¡historia de los muertos en el i^uehrac^o sino 
la de musios de nuestros eximios conciudadanos, distin^^ 
guidos en la política ^ en la guerra, ^omo trascurrirá 
algún tiempo antes de terminarse aquella, adelantamos 
estos Rasgos, que cuadran dentro del espíritu de este libro, 
siquiera sea para rendir ¡^a ya el justo tributo de respeto jf 
admiración que se merecen los que perdieron su vida en 
defensa de la más noble de las causas : la de la libertad ! ^^^ 



1--Entrelal biografía! ^tie pl^tM^a&iófi, de los muertos en el Quebracho, se encuentran 
las de Morales, Gullich, Qauna, Alaroon, Benitez, Orelli, Balverde, Hnrmo, Murphy, Yia- 
na, Subieta/ Pérez, Gross, Péndola, Salgueiro, Plaza, Forteza, Villar y Taladrlz. Bogamos 
á }o8 deudos y amigos de ddtos, como también á los de aquellos cuya muerto nos sea des- 
conocida, nos remitan fus retratos y cuantos antecedentes creyeran ütiles al fin que 
perseguimos. 



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JULIÁN ubín <^> 

Desde los más tiernos años consagró su vida al 
culto de la patria ; por ella, como bueno, cayó en la 
jornada del Quebracho, rindiéndola su último suspiro. 
A los quince años ya militaba en las filas de los patrio- 
tas republicanos, amantes ardorosos de la Independen- 
cia ; y á los 76 luchaba en las mismas, confio defensor 
convencido de la libertad que anhelaba para la tierra 
que contribuyera á independizar del yugo extranjero. 

No era un pensador, sino un hombre de acción. 
Narrar la vida de ese anciano, que, á la edad de 76 
años aún creia no haber hecho lo bastante por su pa- 
tria, yendo á buscar su puesto de soldado para morir 
entre los suyos — es consolador y un ejemplo vivo que 
presentar á la juventud que nace á la vida de la polí- 
tica en esta época desgraciada. Esbozemos, pues, su 
personalidad militar, aunque á la lijera, reservándonos 
muchas de las consideraciones que fluyen de esa vida 
sin tregua, consagrada al trabajo y á la patria, para con- 
signarlas en el libro que con mayor acopio de estudio 
y de datos preparamos, en el propósito de honrar la 
memoria de los que rindieron su espíritu en los cam- 
pos del Quebracho. 



1— LoB datoe han sido sumlnistradoB por el Sr. D. Enrique üran, hencano de Dos 
Jnlian. 



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— 74 — 

Hé ahí su retrato : — era un anciano. Vivía en la 
penumbra de la vida. Los desencantos y los dolores 

no habian amilanado su 
espíritu ni debilitado el 
culto del amor á la pa- 
tria. Cuando ésta llamó 
á sus hijos él fué de los 
primeros que, en compa- 
ñia de su benemérito her- 
mano el teniente Coronel 
D. Enrique Urán, concur- 
rió á la cita del honor. 




El Coronel D. Julián Urán nació el año diez, en el 
Paso del Molino (Montevideo), siendo sus padi'es Don 
José María Urán, argentino, y D*. Josefa Bases de 
Otazú, oriental. — Vivían á inmediaciones de la quinta 
del General D. Ignacio Oribe, cuyo paraje hubieron de 
abandonar á consecuencia de la invasión de los Portu- 
gueses ; trasladándose por esta causa al Departamento 
de Soriano. Allí les encontró la guerra por la Inde- 
pendencia, encabezada por los 33 Orientales. El pa- 
dre de Urán tomó parte en ella, y llevó consigo á su hijo 
Julián, que á la sazón tenia quince años, sirviendo éste 
en la Escolta del entonces Coronel D. Manuel Oribe. 

Terminada la heroica jornada que dio por resultado 
la Independencia de aquel pedazo de tierra, nuestro 
soldado cambió la lanza por el timón del marinero. 
Su padre le compró un pequeño barco. Con dicho buque 
realizó sus travesías desde Soriano á Buenos Aires, en 
'as que negociaba en frutos del país. 



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— 75 w. 

Sus faenas mercantiles se interrumpieron muy luego 
por el grito aterrador de la lucha civil que, más tarde, 
había de diezmar el país. Un jefe de la Nación 
levantó el pendón guerrero, y Urán tomó su puesto 
entre los que defendieron á la autoridad constituida con 
arreglo á ley, sirviendo bajo las órdenes del Coronel 
D, Doroteo Velez (año 35 ). — Fué ascendido á Te- 
niente, por sus actos de valor, en la acción en que 
muriera el dicho Coronel Velez, — en la que fueron der- 
rotados, — y en la que Urán cargó con quince hombres 
contra cien que mandara el valiente General Medina. 
— Con ocho compañeros que salieron por la retaguar- 
dia del enemigo vencedor, emigró á Buenos Aires^ 
donde se reunió más tarde con su jefe el General 
Oribe. 



Cuando éste prestó sus servicios militares en la Re- 
pública Argentina, Urán le acompañó en su calidad 
de Ayudante, tomando parte en las diversas acciones 
libradas hasta la del Sauce Grande, en que fué herido 
por un casco de metralla, Trasportado á los Cartujos 
del Paraná, para su asistencia, creyó morir, y escribió 
á su padre estas líneas, llenas de amor filial : 

" Padre querido : Hace siete meses que estoy heri- 
do, en el Paraná, en un Hospital. Estoy desahuciado 
de los médicos ; écheme su bendición ". 

Su hermano Enrique, de 1 7 años de edad, fué á cui- 
darle. Un médico alemán que á la sazón pasara por 
aquellos parajes se impuso del estado del paciente, y 
una vez que le examinó se resolvió á operarlo. La ope- 
ración se efectuó y se le extrajeron treinta y dos peque- 



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— Te- 



ños pedazos de huesos de la articulación — en la rodilla 
derecha. De aquí el oríjen del nombre con que vul- 
garmente era conocido : — El Rengo Urán ! Por esta 
razón nos hemos detenido á narrar este detalle. 



Un año permaneció en los Cartujos, pasando luego 
á Buenos Aires. A los diez y siete meses de haber 
sido herido recien pudo moverse del lecho del dolor 
habiendo sido atendido por sus amigos D. José A. 
Anavitarte, D. Carlos Anaya, el Capitán Cortina y el 
Dr. Cordero. 

El año 40 invade el territorio oriental, y por orden 
del Coronel D. Gerónimo Serrano desembarca en las 
puntas de Chaparro, donde lo hicieran los 33 Orienta- 
les, sus compañeros de fatigas, en 1825. Su comitiva 
consistía en siete hombres, sin más tren de guerra que 
freno y cojinillo. Varios amigos de causa proporciona- 
ron los caballos necesarios ; más apenas hubieron en- 
sillado avistaron una fuerza enemiga como de sesenta 
ginetes. Refugióse en un callejón muy escabroso y 
desde allí defendióse hasta entrada la noche ; entonces 
los cargó y ganó el campo. A los dos dias buscaba 
al enemigo, fuerte ya con 60 hombres que se le habian 
reunido. Lo batió tomando prisionero á su jefe, D. To- 
más Roldan, sobrino del General Medina, más treinta 
hombres de tropa; en seguida desbanda la fuerza del 
Coronel D. Juan Arenas, cuyos restos se le incorporan, 
quedando así dueño absoluto del Departamento de 
Soriano. Bajo su protección desembarca entonces el 
Coronel Serrano. 

Pasa luego al Departamento de la Colonia, y se le 



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— 77 — 

comisiona para que con cuarenta hombres recorra esos 
parajes. Durante su ausencia es derrotado Serrano, 
quien se reembarca. A su regreso para el Carmelo 
las fuerzas vencedoras se encuentran con Urán, que, 
á su vez, venia en busca de su jefe. La sorpresa se 
produce de noche ; las fuerzas se reconocen ; y Urán, 
intrépido, los carga, derrotándolos é hiriendo al jefe 
enemigo, Capitán D. Vicehte Avila. Los restos del 
vencido y los del Coronel Serrano engrosan sus filas, 
con los que, dueño ya de una columna fuerte, domina 
los Departamentos de Soriano y Colonia. Proteje nue- 
vamente el desembarco del Coronel Serrano, que ve- 
nia en compañía del Coronel Montoro, y se dirijen 
á Santa Lucia para incorporarse al grueso del Ejército. 
Se avista con la retaguardia del enemigo y se compro- 
mete un hecho de armas en La Paloma, en el que 
Urán dá la primera carga, realizando nuevos actos 
de valor y de audacia. 

En el Sitio de Montevideo ya desempeñaba las fun- 
ciones de Capitán, siendo el hombre de confianza del 
Coronel Serrano. Allí permaneció tres años y nueve 
meses, dando nuevas pruebas de su intrepidez, por lo 
que se confió á su pericia y astucia la vijilancia del 
Cerro. En una de esas arrojadas escursiones arrebató 
al enemigo, por medio de una hábil operación, los ca- 
ballos de sus guerrilleros, que estaban bajo los fuegos 
mismos de la artillería. Más tarde fué herido de bala 
en la cara, detrás de la oreja, en uno de esos entreveros 
tan comunes por aquella época. Habia boleado del 
cuerpo al jefe de la fuerza enemiga, el valiente Coro- 
nel Tabares; y en momentos de blandir su lanza contra 
éste, fué herido por el asistente del jefe nombrado 



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— 78 — 

Ya restablecido acompañó al Coronel Montoro para 
organizar los Departamentos de Colonia y Soriano, 
siendo encargado déla Comandancia Militar.de Dolo- 
res. En una de esas correrías, su hermano Juan, que 
venia á retaguardia, con siete hombres, fué rodeado 
por una fuerza de 200 ginetes. Mientras nuestro Ren- 
go toma posiciones, 40 soldados, al mando de Enrique 
Urán, se baten con el enemigo, y salvan, aunque herido, 
al que venia á retaguardia próximo á ser ultimado. Lu- 
chan, batiéndose en retirada, hasta llegar á la posición 
ocupada por El Rengo. — Ya allí reunidos, el Coman- 
dante Urán rompe el fuego con 59 hombres de tropa. 
En esa dudosa lid de las armas se vé acosado por el ad- 
versario; pero, se repliega, y rehecho dá una formida- 
ble carga con sus lanceros ; ahuyenta al enemigo ; y 
su triunfo corona los esfuerzos hechos : — queda con 
este suceso dueño absoluto nuevamente del Departa- 
mento de Soriano. 

Su grado de Teniente Coronel lo gana en el asalto 
del Pueblo de Mercedes, cuando la complicación in- 
ternacional é intervención extranjera se produjeron, en 
el que se revela una vez más como soldado de valor, 
nombrándosele ademas Jefe Político del Departa- 
mento, — puesto que desempeñó hasta que el General 
Rivera se apoderó de toda la campaña con las fuerzas 
de infantería que sacó de la Plaza de Montevideo. 

Mercedes fué sitiado por éste. En el asalto el Coronel 
Montoro fué muerto, lo mismo que Moranchel, hacién- 
dose 400 prisioneros. Allí muere un hermano de Urán 
— Juan — y nuestro valiente salva su vida después de 
muchas peripecias por Villa Blanca y Paysandú, entre 
las que se cuenta la del dislocamiento de su pierna. 



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— 79 — 



Esto le obligó á marchar al Cerro-Largo en busca de 
asistencia y cuidados. — Dedicóse después de restable- 
cido á los trabajos de campo; y en estas tareas le halló 
la Paz de Octubre de 1851. 



Muy luego emigró á Entre-Rios, volviendo á sus 
faenas de ganadero. Cuando el General Flores inva- 
dió el país, en 1863, esgrimió nuevamente las armas. 
Se halló en el encuentro de San Martin, durante esta 
lucha civil. Triunfante Flores, el Coronel Urán sigue 
la peregrinación con sus demás compañeros. Regre- 
sa á Entre-Rios y se ocupa, como antes, de la gana- 
dería, en la que prospera. 

El General Aparicio, en 1870, subleva el país, y él 
abandona sus intereses, ganados á costa de privaciones 
y sacrificios, para acompañarle^ Se encuentra en las 
acciones de Ceferino, Corralitos, Sauce. En el Rio Ne- 
gro se bate con Galarza, siendo derrotado ; y se halla 
en el Colla, después de Manantiales. En el Sauce tiene 
por compañero á Pampillon y en el Colla á Pintos Baez. 
En el encuentro con Galarza salvó, aunque herido 
de lanza, después de haber recibido dos golpes de bo- 
leadoras en la cabeza. Continúa no obstante su derro- 
tero, y pasa al Colla, en el que lucha con Gil Aguirre, 
de Porongos, perdiendo dos de sus mejores capitanes, 
que los llora. Comisiona inmediatamente á su hermano 
para que reúna gente, después de este fracaso, á fin de 
"jugar el todo por el todo;" según él lo decía. Este elige 
siete compañeros y parte; á los seis días regresa del 
Rincón de Vera con 40 hombres capitaneados por don 
Mercedes Castels. Con este refuerzo se alista á la pe- 



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— so- 
lea, y á los pocos días se realiza uno de los combates 
más inolvidables en nuestras luchas civiles. Urán y 
Pintos Baez baten á Gil Aguirre; aquel lo toma prisio- 
nero y le perdona la vida, para luego ser ultimado por 
otro de los jefes de la revolución. En seguida, con la 
celeridad del rayo, regresa al Colla, con Pintos Baez, 
y tienen un nuevo suceso de armas, para él victorioso. 
En medio á estos triunfos, últimos resplandores de esa 
guerra fratricida, los hermanos orientales deponen las 
armas, y la Paz de Abril de 1872, falseada más de una 
vez por los que dominan actualmente, es un hecho. 



¿ Descansará el luchador ? Ya lo veremps ! 

. Vuelve emigrado á Entre-Rios y se dedica á la ga- 
nadería. Aquí le encontró la revolución popular que 
acaba de ser ahogada en el Quebracho. Se incorporó 
á ella con sus elementos, su influencia y su decisión. 
En el desembarco del dia 28, en Guaviyii, soportó el 
fuego de metralla de los buques del Gobierno. Al dia 
siguiente, en la lucha con la vanguardia del enemigo, 
el Coronel Urán se encontró en el flanco izquierdo 
de la infantería de reserva, matándosele uno de sus 
soldados. En la acción del 3 1 formó en el centro, al 
lado de la infantería, recibiendo el fuego de los flancos. 
Disuelta la caballería de los flancos, y ya diezmada la 
infantería, el General Castro se rinde, levantando ban- 
dera de parlamento. El Coronel Urán, que no sabia 
rendirse, trata de retirarse llevando consigo una carreta 
con heridos. En momentos que su hermano le aconse- 
jaba tomara la retaguardia de la gente dispersa y que 
él le contesta : "anda caminando, ya voy," preteñdien- 



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-. 81 — 

do dar vuelta un carro, un casco de metralla le hiere 
mortalmente. Su asistente salva, en medio á la derrota, 
la espada de tan gigante y esforzado batallador, de 
quien puede decirse que '^ su descanso fué el pelear y 
sus arreos las armas "! 

Hombres como los de esa generación que se extin- 
gue, que han luchado por la Independencia y la Liber- 
tad^ son los que aún necesita la Patria. 

El Coronel Urán murió en su ley : en el campo de 
batalla. Sobre su cadáver el ángel inmortal de la 
gloria cernió sus alas y ese espíritu que le animara en 
la lucha voló con él á las alturas, do reposan los que 
en vida dieron altos ejemplos de fortaleza y de pre- 
sencia de ánimo. 



10 



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XV 
EL DOCTOR SEGUNDO POSADA. 



La mneite de Catón tiiTO nna inmensa 
repercusión en el mundo romano. Enrojeció 
á loe c^ae comenzaban á acostumbrarse á la 
esclavitud j á los republicanos desoorasona- 
dos, reanimando la oposición. Durante la 
época de Nerón, Séneca la cita en cada una 
de sus pajinas, y hasta su muerte fué el or- 
frullo 7 el modelo de los hombres honrados, 
que, en medio & la relajación general de los 
caracteres conservaban algún sentimiento de 
honor j de dignidad. Estudiaban más su 
muerte que su vida, por(|ue por ese entonces 
se sentid la, triste necesidad de a/prender á 
9>u)rtr, 7 cuando esa triste necesidad se pre- 
sentaba era su ejemplo el que se recordaba 7 
su nombre el que saltaba á los labios. Cier- 
tamente es una gran gloria la de haber sos- 
tenido y consolado tantos corazones nobles 
en medio á esas crueles pruebas, 7 creo que 
Catón se habría yanagloríado de poseer 
esa 7 no otra. 

Boissier, 



La Sociedad Universitaria tiene títulos honoríficos 
que la harán pasar á la posteridad. Ella, en una época 
triste, pensó que algún dia la patria necesitaría de sol- 
dados — ciudadanos, y de ahí que incorporara á su 
Instituto de Estudios Libres una clase de Arte militar^ 
cuya dirección fué confiada á D. Rufino T. Domin- 
guez. Así echaba los cimientos del que debia ser el 
Batallón i** de la Revolución Nacional. Los que 
asistian como discípulos al aula de la Sociedad Uni^ 
versitaria^ formaron luego como soldados en las filas 
revolucionarias ; y el maestro debia ser el jefe que 
los dirígiera en el terreno de la lucha armada. 



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— 84 — 

Esa asociación ha dejado regado los campos del 
Quebracho con la sangre generosa de dos de sus maes- 
tros más distinguidos. Así ha probado su amor á la 
patria, y que éste no está reñido con los principios 
científicos sostenidos en el aula. Dos jóvenes, que 
hablan consagrado sus esfuerzos á la enseñanza gra- 
tuita de la juventud, durante los mejores años de su 
vida, han caido rindiéndola en defensa de la Constitu- 
ción y de las leyes. 

Doctor Segundo Posada. 

Bachiller Juan P. Sampere. 

Un dia escribimos al joven Dr. Posada manifestán- 
dole la conveniencia de crear, en el seno de la progre- 
sista Sociedad Universitaria^ una Sección de Biogra- 
fías á fin de trasmitirse á la posteridad la historia de 
aquellos ciudadanos que honraron el culto de la patria. 

El proyecto fué presentado, por él, á nombre nues- 
tro. La primera biografía que escribimos es la suya ! 
¡ Coincidencia bien triste, á fé nuestra ! 

¿Tiene historia el joven Dr. Segundo Posada ? 

Era un amado de los dioses. Desplegó sus alas y 
alzó el vuelo cuando comenzaba á vivir. No deja sino 
recuerdos cariñosos, ideales acariciados, una vida trun- 
cada, llena de promesas para el porvenir. — Algo más 
deja, digno siempre de estímulo y ejemplo : el recuer- 
do de la virtud que en su pecho se anidaba ! 

Quintana ya nos decía en ocasión análoga : 

¡ Ah 1 Son tan pocos los felices pechos 
En que se anida la virtud ! ¡ Tan pocos 
Aquellos en que enciende 
Entusiasmo y valor !... . ¡ Un dia, un hora, 



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— 85 — 

Un momento feliz hunde en el polvo 
La esperanza y delicia de los buenos ! 
¡ Y los perversos viven y se ríen, 
De todo miedo y sobresalto ajenos ! 



Al recordar las virtudes del Dr. Posada, á la vez 
que realizamos un acto de justicia pagamos una deuda 
de gratitud á su muy querida memoria. 

Lobuenoleatraia. Sentía sed de justicia. Infatigable 
para el trabajo, leía y estudiaba con provecho. Silencio- 
so, con su mirada tranquila, vaga, como soñando en el 
mundo de las ilusiones juveniles, reservaba todo su 
entusiasmo para el instante oportuno. Era de esos 
seres que nacidos para la acción despliegan poco sus 
labios. Piensan y ejecutan mejor que lo que expre- 
san. Era ardoroso en medio á esa frialdad aparente. 

Fué uno de los socios más activos de la Sociedad 
Universitaria. — El edificio que pronto se construirá, 
se debe á su iniciativa y á su actividad. El fué uno 
de los primeros y de los más ardorosos, entre los mu- 
chos que contribuyeron á dar vida á ese pensamiento 
de vital importancia para la Sociedad, que otros no 
menos meritorios han prestigiado y llevarán á término 
feliz. 

Su estudio sobre los Sistemas Penitenciarios, para 
recibirse del grado de Doctor en Jurisprudencia, es 
un testimonio elocuente de sus condiciones en la 
labor intelectual. De ésta rindió pruebas durante 
los siete años que desempeñó la Cátedra de Histo- 
ria, gratuitamente, como lo hacen todos los jóvenes 
de esa benemérita asociación. Entre sus papeles de- 



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ben encontrarse algunos trabajos de historia sobre el 
Rio de la Plata, á la que pensaba dedicarse asidua- 
mente. Proyectaba últimamente un viaje al Paraguay, 
República Argentina y Chile. Deseaba conocer esas 
comarcas, para luego emprender sus narraciones histó- 
ricas con el criterio propio del que ha visitado los 
lugares dónde se desarrollaron los acontecimientos 
políticos y guerreros, precursores de nuestra Indepen- 
dencia Americana. 



En el Batallón Ramírez fué un ejemplo de subordi- 
nación y respeto. Desempeñó, á la par del más ínfi- 
mo soldado, las tareas incompatibles con su modo de 
vivir ; su físico endeble y delicado era sostenido por 
esa fuerza de voluntad, en él innata. Nunca se le oyó 
una queja, un reproche. Por el contrario, gozaba en 
desempeñar esas tareas rudas, y á veces bajas, del sol- 
dado, para dar un ejemplo más resaltante de sus con* 
diciones morales y de su verdadero amor á la causa 
de la revolución. 

Combatió en la acción del dia 30. Su cartuchera, 
que contenia 300 tiros, pronto quedó vacia. Era la 
primera vez que empuñara un arma para luchar en el 
campo de batalla por el afianzamiento de sus ideas po- 
líticas, que no eran otras que las del Partido Nació, 
nal. Tenia 24 años ! Su comportación mereció los 
honores del ascenso, y fué propuesto para teniente i** 
de su Compañia. 

Se halló en la acción del 31, por uno de esos rasgos 
peculiares de su espíritu entusiasta, encerrado en esa 
fisonomía tranquila, dulce y rosada. Estaba enfermo ; 



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— 87 — 

tenía llagados los píes á consecuencia de las marchas; 
apenas podía caminar; el Comandante Ramírez, vién- 
dolo en ese estado, lo hizo conducir á un carro des- 
pués del combate del 30. Allí estaba, cuando al día si- 
guiente el enemigo rompió sus fuegos mortíferos sobre 
el Ejército de la Revolución. Su dignidad y su valor 
pudieron más que sus dolores ; y en medio de la lucha, 
donde pronto encontraría la muerte, él, tan niño, tan 
bueno, tan generoso, se presenta como verdadero sol- 
dado reclamando su puesto en la acción; no quiere estar 
enfermo mientras sus compañeros se baten; quiere 
triunfar ó morir con ellos ! Ese es el Doctor Segundo 
Posada, muerto para las lides de la libertad en los 
campos del Quebracho, ante cuya memoria los buenos 
se descubren pagando el tributo que el patriotismo 
rinde siempre al valor desgraciado. 

En la Orden del Día del i® de Abril, por dispo- 
sición del Comandante Ramírez, se hacia resaltar 
esta valiente actitud, premiando así al valor militar 
en la persona del joven y entusiasta ciudadano Doctor 
Segundo Posada. Los sucesos lo impidieron, pero 
queda aquí constatado el hecho, que vivirá para 
siempre en el corazón de sus conciudadanos y de sus 
buenos amigos. 

¿ Dónde está el cadáver del infortunado amigo ? (i) 
Sus huesos, por una irrisión de la suerte, no se han 
encontrado. í Destino implacable 1 

1— El Dr. Fosada no murid en el oampo de batalla. Hay fondados motivos para creer 
que ha sido ultimado inicua y alevosamente en algún sitio apartado del Quebracho, don- 
de sus asesinos lo sepultarían ocultamente para borrar la huella de su crimen nefando. 
Se sabe que llevaba una buena suma de dinero. Momentos antes de producirse el desban 
de del ejército patriotai herido ya y rendido de fatiga, el Oomandante Bamirez ordend á 



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— 88 — 

¿Qué resta de aquel compañero, muerto cuando 
acariciaba risueñas esperanzas P 

La memoria de sus virtudes y de su infatigable ac-» 
tividad juvenil. Perpetuarla es un deber, para estí- 
mulo de los buenos. ¿ Cómo ? Üecretándose honores 
públicos por iniciativa de aquellos que utilizaron sus 
lecciones, sus esfuerzos, sus desvelos, su perseverancia 
y su inteligencia. A la Sociedad Universitaria tócale 
ese alto honor. El retrato del amigo y del maestro 
debe figurar en las paredes de su Salón de Sesiones 
Públicas. Honrar al maestro es un deber y la misión 
de los que utilizaron sus servicios. Y decimos honrar 
al maestro y al amigo, porque á ello debe concretarse 
la Corporación Científica ; al ciudadano se le honrará 
por obra del pueblo, perpetuando su recuerdo en la 
estatua de granito levantada en el Cementerio con sus 
" pupilas vueltas hacia el sol de la inmortalidad. " 

Es consolador estudiar la muerte de esos jóvenes 
porque en esta época, sobre todo, se siente la " triste 
necesidad de aprender á morir. " 

A las consideraciones expuestas agregamos las que 
*' El Diario " de Buenos Aires consagró al Dr. Posada 
al tener conocimiento de su muerte. 

Helas aquí : 

" Como Teófilo D. Gil, fué víctima de su patriotis- 
mo y de su arrojo. Joven, entusiasta, honrado, de inte- 



tmolde BU8 ayudantes lo subiera á la grupa de su caballo y lo condujese á unos ranchos 
que se avistaban á media legua de distancia próximamente. La orden fué cumplida, aun- 
que no de buen grado por el ayudante, que obedecid después de alguna resistencia ce- 
diendo á las severas amenazas del Jefe citado. Poco después se incorporaba aquel al ejér- 
cito en derrota, manifestando que no habia podido llegar & los ranchos por tener su 
caballo cansado, pero que habia dejado á Posada muy cerca de ellos y dispuesto á seguir 
á pié el^poco camino que|le faltaba. Esta es la ülüma notioia que se tiene del infortunado 
Dr. Posada ; después nada más se ha sabido de él. 



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- 89 — 

lígencía clara y amplia ilustración, ño podia permaneoer 
indiferente á la reacción popular que se iniciaba. La 
¡dea de la revolución, que era, y es una idea nacional 
en el país vecino, debía reunir en torno de la misma 
bandera á toda la juventud bien intencionada de aquer 
lia República. 

" Posada no fué de los últimos en ir á ocupar su pues- 
to de combate. Abandonaba el hogar paterno y las 
promesas de otro risueño hogar en perspectiva ; pero 
cumplía así su deber de ciudadano. Modesto, humilde 
en sus méritos personales, reclamó sin ostentación su 
puesto en la lucha armada, como sin ostentación lo ha- 
bla ocupado ya en el terreno de la propaganda. 

* 'Apenas tendría veinte y cuatro años de edad, que 
por cierto no los representaba ( i ). Delgado, de regular 
estatura, sin barba, ca- 
bellos casi rubios, ojos 
azules, frente despejada 
y movimientos reposa- 
dos. Caminaba siempre 
con la vista baja, como 
absorbido por una pre^ 
ocupación constante. Jf 

"Reservado, de pocas ^y 
palabras, se distinguió \li ^!P 
siempre entre sus com- ""^^^^^ 
pañeros de estudio por 
la rectitud é imparcia- ^" 

lidad de sus opiniones. 

l-Este retrato deja algo que desear en lo que respecta al pareddo, pero basta para 
dar idea de la llFonomla del malogrado Posada. Ha sido tomado de una fotografía que 
éste se hizo aquí en traje de campana, días antes de marchar & la revolución. Su deft. 
denci» é imperfección se eepUcan por la precipitaddn con que lia sido hecho. 




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— 90 — 

Gustaba del raciocinio práctico, y nunca se le oyó dis- 
cutir sobre frivolidades ó temas vagos é indetermi- 
nados. 

** La tesis presentada á la Facultad de Derecho y 
Ciencias Sociales de Montevideo, para optar al grado 
de doctor, demuestra eso mismo. Quiso cumplir su 
deber de modo que su estudio pudiera ser útil para un 
caso práctico. Se trataba de la construcción de una 
Cárcel Penitenciaría, y Posada formó su tesis con un 
detenido estudio de todos los sistemas penitenciarios 
que existen en Europa y América, buscando aquel que 
más se ajustara á las necesidades presentes y del por- 
venir en la República Oriental. Sus sentimientos huma- 
nitarios se revelan en esa obra, pues busca para el en- 
claustrado todas aquellas comodidades compatibles con 
el castigo ó la pena establecida. 

" Segundo Posada, no solo era honrado como ciuda- 
dano, sino virtuoso como hombre. Sobrio y mor ¡je - 
rado en sus costumbres, podía servir de ejemplo en 
estos dias en que el aturdimiento y la licencia suelen 
malograr tantos jóvenes de provecho. 

" Estaba en vísperas de formar un hogar, y su futuro 
padre político, ligado á la situación santista por muy 
e3trechos vínculos, habia querido llevarlo á su credo, 
hasta el punto de hacerle conferir el empleo de Secre- 
tario de la Legación Oriental en el Paraguay. En 
estas circunstancias, el Dr. Posada, en compañía de su 
amigo el bachiller Lagomarsino, fué á alistarse en las 
filas revolucionarias. 

" Ha caido con honra en el campo de batalla. Re- 
cién empezaba á vivir cuando el plomo santista ha 
cortado su risueña existencia ; pero la tumba ha sido 



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-. 91 - 



digna dé aquel corazón patriota cuyo recuerdo vivirá 
en la memoria del pueblo oriental, como vive el de tan- 
tos otros valientes que han caldo luchando por la liber- 
tad de su patria. " 



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2VI 
TEÓFILO D. GIL <^> 



Como Catón modelo de patriota, 
Pero no como el último romano 
Hiere sa pecho con cobarde mano 
Para no ser un miserable ilota. 

Lanza de sa nlma la vibrante nota 
De indignación ínsti^ra al vil tirano, 
Corre al campo á luchar por el hermano 
Y muere vencedor en su derrota. 

Sobre su tumba la marchita frente 
La Patria inclina, mártir y oprimida, 
Llorando al hijo que la amó ferviente 



No llores mas ! Su espíritu está en vida 
Y aunque el destino su existencia trunca 
Los muertos como Gil no mueren nunca ! 

A. Bahnglia. 

Un deber de patriotismo y un impulso del sentimien- 
to me inclinan á tomar la pluma y escribir estas líneas. 
Sean los móviles que me 
guian justificación por las 
deficiencias de este tra- 
bajo. 

La personalidad de Teó- 
filo D. Gil, merecia ser 
descrita por otra de su 
talla. Desgraciadamente 
aquel talento tan brillante, 
aquel cerebro en que dor- 
mía la chispa del genio, 
no tuvo la oportunidad de 
revelarse en todo su es- 

1— Esta biografía es obra del buen ciudadano •» intelljente joven Claudio B. Wiiliamt; 
esousamas decir que no participamos en un todo de lo que en ella se expone. 




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— 94 — 

plendor. Sus escritos son poco numerosos y cono- 
cidos, ya por el medio en que se dieron á luz, ya á 
causa de su injustificada modestia. Ademas no tradujo 
ai lenguaje escrito sino una mínima parte de sus ideas 
y conocimientos. Sólo en la conversación privada, en 
el trato íntimo y prolongado se podía apreciar todo el 
poder de su espíritu y toda la estensión de sus estudios. 

No dispongo en estos momentos de los datos nece- 
sarios para escribir una biografía de mi ilustre com- 
patriota y amigo, ni me considero con la competencia 
necesaria para emprender una obra que pueda llamarse 
así. Pero la estrecha relación que con él he mantenido 
durante muchos años me colocan en condiciones de 
exponer, aunque mal, una idea de su inteligencia, ca- 
rácter y virtudes. 

Teófilo Gil empezó sus estudios en el Colegio del 
Sr. Ricaldoni, donde cursó preparatorios, recibiéndose 
de Bachiller en la Universidad Mayor de la República 
en Mayo de 1876, á ía edad de 16 años. 

Apasionado por el estudio, á pesar de su juventud, 
dirigió su inteligencia á las cuestiones más complica- 
das de filosofía y religión. 

Cuando yo le conocí era asiduo oyente del señor 
Thompson y frecuentaba la escuela dominical aue éste 
dirigía en su Templo de la calle Treinta y Tr^. Allí 
adquirió conocimiento de los libros sagrados y em- 
prendió serios estudios respecto de los Evangelios, que 
conocía perfectamente, y cuyos versículos citaba con 
frecuencia, de memoria. Tenia especial predilección 
por los Salmos de David ysolia llevar, consigo una 
pequeña edición de ellos que se complacía en leer en 
sus paseos. . 



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^ 



oc^le 



— 95 — 

Por la época á que me vengo refiriendo las cuestio- 
nes religiosas estaban á la orden del dia, teniendo por 
principal escenario el Club Universitario y por com- 
batientes, de una parte el señor Thompson y de la otra 
á los hoy doctores Juan Gil, Carlos M. de Pena, Ma- 
nuel Otero y otros muchos miembros de aquella bata- 
lladora Sociedad. 

Teófilo, aunque muy joven, como he dicho, siguió 
paso á paso, á la luz de sus estudios bíblicos y filo- 
sóficos, las discusiones que se promovian con ese 
motivo. Influenciado por la doctrina racionalista, que 
entonces profesaba la mayoría de la juventud que 
concurría á las aulas universitarias, aplicó su inteli-* 
gencia á la lectura de las obras de Quinet, Renán y 
Bilbao. Fué en Bilbao, el tremendo revolucionario, 
en cuyas ideas Gil formó sus principios políticos, 
literarios y religiosos, y de quien adquirió la lógica, 
la energia y la pasión por la libertad que distingue 
á este filósofo. 

Con estos estudios por base, y otros que hiciera 
posteriormente, casi me atreveré á decir que Teófilo 
Gil era, de su generación, una de las inteligencias 
mejor preparadas paia tratar las cuestiones religiosas 
en sus relaciones con el racionalismo, con la libertad 
y en su aplicabilidad á la América Española. Gil creia, 
como todos los pensadores sud-americanos, que la re- 
volución no se completaría mientras no se libertase el 
espíritu del absolutismo religioso: que ella debió empe- 
zar por desligarse de la religión católica, apostólica, ro- 
mana y sobre la base de la libertad de conciencia haber 
fundado la política ; que las tiranías y los despotismos 
que se habían sucedido en el continente y que seguían 



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-^ Olí - 

produciéndose tenían 'Su raíz en la doctrina absoluta del 
catolicismo. 

No era, pues, sólo por inclinación, sino también por 
principio que se habia dedicado á los estudios filosófi- 
co-religiosos ; estudios que cultivaba siempre y cuyas 
consecuencias nunca tuvo oportunidad de demostrar 
ni de aplicar. 

Otra de las tendencias más sobresalientes del espí- 
ritu de Gil era el culto por todo lo que fuera americano 
y nacional, especialmente lo referente á historia y lite- 
ratura. 

Conocía con perfección las obras de los literatos 
del Rio de la Plata y de los americanos cuyas produc- 
ciones han llegado á nosotros, y conservaba en la 
memoria muchas de sus composiciones. Con frecuen- 
cia se lamentaba, á la par de Bilbao, de la falta de un 
poema épico americano ( no siéndolo en justicia el de 
Ercilla ) y considerando que la naturaleza parecia pro- 
pia á inspirarlo. La entonación y el aliento de los 
Cantos de Lozano y Andrade eran para él preludio de 
ese gran acontecimiento. 

De los poetas nacionales había hecho estudios mi- 
nuciosos y detenidos, desde Figueroa, á cuyo respecto 
deja algo escrito, á Magariños Cervantes y Zorrilla de 
San Martin por cuyo canto á la patria tenía especial 
admiración. Sus simpatías, sin embargo, se concen- 
traban en Adolfo Berro, tanto por la ternura, unción y 
sencillez de isus composiciones, cuanto por las melan- 
cólicas circunstancias de su corta existencia. Por igual 
razón se enternecía con los versos de Zenea y con las 
estrofas de Balcarce. Todos los años, el dia consa- 
grado á los muertos, si se hallaba en Montevideo, no 



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— 97 — 

dejaba de depositar una flor en el sepulcro de Berro, 
ni de lamentar el olvido de sus conciudadanos hacia el 
tierno poeta que cantó las desgracias de la humanidad 
y de la patria. 

Gil, como Echeverría y como Fajardo, creía que la 
poesía americana debia animarse de un espíritu nuevo 
y adornarse de nuevas galas, buscando su inspira- 
ción y su modelo en la grandiosa naturaleza de la 
América y en la originalidad de sus tipos y costumbres. 
Foreste motivo Jiabia leido con estudio las poesías 
de Hidalgo, Ascasubi y Hernández. Algo escribió 
respecto de Hidalgo á quien consideraba el creador 
de la Wí^t^Xmtz gauchesca^ si se nos permite la expre- 
sión. También habia reunido muchas de esas compo- 
siciones originales que se cantan en nuestra campaña 
y coleccionado observaciones relativas á la manera de 
ser y modismos de lenguage del gaucho^ como medio 
de comprender mejor á esa personalidad en la que él 
veia la verdadera base de la nacionalidad oriental y 
de la Independencia del Rio de la Flata. 

üo se limitaban aquí, sin embargo, sus estudios, 
rcyspecto de ésta materia. Los más célebres literatos 
y poetas extranjeros habían sido también objeto de su 
atención. Lamartine y Chateaubriand le eran familia- 
res, puede decirse que desde la infancia. Habia leído 
meditadamente los poemas de Dante y Milton, las 
poesías de Byron, Quintana, Velarde, los discursos de 
Castelar, los ensayos de Macaulay y las obras de Víc- 
tor Hugo. Al recibir la noticia de la muerte de este úl- 
timo, escribió rápidamente unas líneas en "La Razón'* 
que revelan el perfecto conocimiento que tenia del autor 
de Los Miserables. No habia olvidado á los clásicos, 



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— 98 — 

y muchas veces le hemos sorprendido analizando con 
santa paciencia á Homero. Pero, entre los antiguos, 
Tácito era su autor favorito, tanto por el vigor del 
estilo cuanto por el enérgico criterio con que flajelaba 
los crímenes y vicios del Imperio. El estilo de Gil 
recordaba á veces, no sin razón, al insigne historiador 
romano. 

Las investigaciones históricas de Gil, como las lite- 
rarias, versaban principalmente respecto de Historia 
Americana y del Rio de la Plata. Habia profundizado 
las doctrinas ñlosóñcas de donde nacen los diversos 
criterios con qué se aprecian los sucesos y se juzgan 
las acciones. Rechazaba tanto el providencialismo de 
Bossuet, como el fatalismo de Laurent. Su criterio, 
como el de Bilbao, se fundaba solamente en la moral 
y la justicia. En su discusión con El Siglo á este 
respecto, supo descubrir las debilidades del posibilismo 
y demostrar la ineficacia de esta teoría, ya como crite- 
rio histórico, ya como regla de conducta. Con las ideas, 
que dejo mencionadas como guia, habia emprendido 
Gil sus lecturas y estudios relativamente á historia 
sud-americana, tanto pasada como contemporánea.— 
Esos estudios abarcaban cuanto se ha escrito á ese 
respecto y está al alcance general, sin perjuicio del 
propósito que siempre mantenía de aumentar constan- 
temente sus conocimientos adquiriendo nuevas obras, 
revisando archivos y consultando bibliotecas. 

En estas lecturas habia formado Gil sus ideas polí- 
ticas respecto de su propio país. — Era, cuando aún 
la memoria de Artigas estaba agobiada bajo el peso 
de los anatemas de todos los escritores de tradición 
argentina, era digo, artiguista. Rendia un culto lleno 



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— 99 — 

de admiración por aquel célebre caudillo-tanto por 
su valor y audacia, cuanto por sus ideas.— A él atri- 
buia Gil la salvación del principio democrático durante 
la revolución y la constitución del régimen federal 
después. Respecto, pues, á las discusiones y cuestiones 
internacionales suscitadas con motivo de esta Banda 
Oriental del Uruguay, desde los tiempos de los Portu- 
gueses á los escándalos de estos últimos tiempos, fué 
siempre ante todo patriota y oriental. — Habia adopta- 
do como bandera, estas palabras del mismo Artigas, 
que, con frecuencia, repetía : ^* Ni portugueses, ni por- 
teños, ni brasileros : la patria de los orientales es para 
los orientales. ** 

En cuanto á sus ideas como ciudadano, puedo ase- 
gurar que nunca fué ni blanco, ni colorado, y que, 
cuando aún existían organizados estos partidos, los 
condenaba á ambos, creyendo, y con razón, que sobre 
la base de los odios inveterados, eran imposibles la 
paz y el progreso. Adelantaba sus ideas, aún más, 
pues ni siquiera como otros, admitía la posibilidad de 
la regeneración de los antiguos bandos. Quería bor- 
rar el pasado y buscar en la formación de nuevos 
partidos, con verdaderos programas de ideas, la solu- 
ción de las divisiones internas. Por esta razón nunca 
se afilió por un acto expreso á ninguna de las fracciones 
tradicionales ; poniendo en cambio su firma en el Mani- 
fiesto del Partido Cónstitucionalista, porque, á su juicio, 
era el que mejor armonizaba con sus ideas. Los que 
alguna vez le acusaron de ser blanco estaban en error. 
Tan no lo era, que frecuentemente le oíamos decir que 
si hubiera vivido durante la guerra grande hubiera 
formado entré los Defensores de Montevideo. Nó ; 



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_ 100 — 

lo que Gil deseaba para su patria, no era el predomi- 
nio de un partido, sino el reinado de la libertad y el 
respeto á los principios consignados en la Constitu- 
ción de la República. 

^j0 Gil esperaba la realización de estas aspiraciones 
principalmente de la educación popular. Era, como 
ha dado en decirse, varelista^ y habia dedicado mu- 
chos desvelos al estudio de las reformas llevadas á 
cabo por José P. Várela. 

Apasionado por los progresos de- la instrucción pú- 
blica, la época de los exámenes anuales era, para él, 
tiempo de feria — Recorría las escuelas, se pasaba los 
dias enteros presenciando los exámenes de las más 
adelantadas. . y se hacia un agradable deber en formar 
parte de las mesas examinadoras. — Muchos Colegios 
de Montevideo y de Mercedes le recordarán con ca- 
riño. 

Pero los efectos de la educación son íéntos. Entre- 
tanto que ellos se producen ¿ cómo se restablece el 
imperio de la ley ? ¿ cómo se devuelve la libertad al 
pueblo ? 

— Estas preguntas se hacia Gil. ¿ Deben los ciu- 
dadanos esperar sometidos al fatalismo de los hechos 
consumados, el dia incierto que anunciase el triunfo 
de sus principios políticos ? Nó 1 — -Eso era, á su juicio, 
indigno, vergonzoso. No quedaba;, pues, más camino 
que la revolución, y en tanto que ella no se realizara, 
la protesta viva con la palabra y con el ejemplo. 

Y por cierto que Gil seguia al pié de la letra esa 
línea de conducta. Nunca solicitó los empleos públi- 
cos, desechando toda transacción con el régimen polí- 
tico imperante, y buscándose Ic^ vidc^ cQn su trabajo 



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í 



— 101 — 

honrado. Tenía apenas 2 1 años y algunos cursos 
ganados de derecho cuando se dirigió á la Ciudad de 
Mercedes á ponerse al frente del estudio de abogado 
fundado allí por su hermano Juan. A pesar de no 
haber recibido todavia el título de doctor en leyes, con- 
siguió suplir con su extraordinaria inteligencia y apli- 
cación la experiencia y los estudios que le faltaban, y 
formarse una posición distinguida é independiertte en 
aquella ciudad. 

Gil llevó á Mercedes la pasión por los adelantos 
intelectuales y el culto por los principios de su partido 
político. Su inteligencia, su actividad, su vida ejem- 
plar, no tardaron en conquistarle el aprecio de la 
sociedad mercedaria, y abrirle camino para la realiza- 
ción de sus ideales. Trabajó sin descanso por la 
fundación del " Club Progreso, '' sociedad literaria se- 
mejante al " Ateneo del Uruguay '' y la única de su 
clase que posee un edificio propio; prestó su concurso, 
en cuanto le fué posible, al fomento de la instrucción 
primaria, y ligó su nombre á las conferencias, bazares 
y obras de beneficencia y utilidad que se realizaron 
durante su estadía allí. 

Cuando el Partido Constitucional determinó abrir, 
por medio de la prensa, la campaña preparatoria á las 
elecciones — que terminó tan fatalmente el 20 de Mayo 
de 1 88 1. — Gil, — que habia contribuido tan poderosa- 
mente á fundar ese partido en Mercedes, entró á redac- 
tar, en unión de su hermano Juan, el periódico titulado 
El Constitucional — para apoyar el movimiento inicia- 
do en la Capital. — Los sucesos del 20 de Mayo reper- 
cutieron en Mercedes y la imprenta de El Constitución 
nal sufrió \^ misma suerte que las de Montevideo. — • 



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— 102 — 

En el corto tiempo que Gil estuvo al frente de aquel 
diario demostró las dotes que le distinguian como es- 
critor, y dio las primeras pruebas de su inquebrantable 
carácter afrontando con entereza los peligros de aquella 
época de inestabilidad política. 

Fué también en Mercedes donde, por primera vez, 
se presentó Gil como defensor en un jury, confirman- 
do su característica energia y revelando sus notables 
condiciones de orador y polemista. 

Es digna de observación la inclinación que Gil tuvo 
desde sus primeros años por el periodismo. Siendo 
aún niño redactaba, en unión de otros condiscípulos, un 
periodiquín titulado La Voz de la Juventud y cuyos 
editoriales eran á veces transcritos en la prensa diaria. 
Uno de estos, que mereció ese honor, y le pertenecía, 
trataba de las honras fúnebres que los griegos tribu- 
taban á los jóvenes que caían combatiendo por la 
patria! Mas tarde, por el año 1875, ^^^^ revivir el 
mismo periódico, en mayor formato, y en él combatía, 
á la par de La Revista Uruguaya^ redactada por E. 
Acevedo y Diaz, Palomeque y otros, al Gobierno de 
don Pedro Várela. Posteriormente formó parte prin- 
cipal del periódico literario titulado El Espíritu Nuevo 
en el que quedan muchos artículos suyos sobre diver- 
sos temas. 

En 1882, poco más ó menos, Gil regresó de Merce- 
des á Montevideo con la intención de terminar sus es- 
tudios y graduarse de doctor en leyes, propósito que 
realizó á principios del año 1885. — Resolvió en segui- 
da dedicarse á su profesión, y fundó aquí un estudio 
de abogado en unión con su amigo y condiscípulo José 
Batlle y Ordóftez.— Pero, aquella ocupación no se 



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— 103 — 

avenía con su carácter; su espíritu ambicionaba una 
escena más amplia donde desarrollarse y dar espan- 
sión á las ideas atesoradas de largo tiempo en su 
mente. Ideó primero la fundación de un diario polí- 
tico cuya redacción estaría á cargo suyo y de Batlle ; 
pero ofreciéndose la oportunidad de adquirir La Ra- 
zón ú ocupar su redacción, vacante por haberse retira* 
do de ella el Dr. Carlos M. Ramírez, optaron por este 
último, poniéndose ambos al frente de dicho diario. — 
Al poco tiempo Batlle se retiró y Gil quedó como 
único redactor de La Razón. 

Todavia están presentes en la memoria pública sus 
artículos, muchos de ellos notables tanto por la pro- 
fundidad de las ideas cuanto por el vigor del estilo. — 
Faltábale todavia un poco de experiencia. — No acos- 
tumbrado á aquella demanda diaria de trabajo intelec- 
tual, su estilo no tenía á veces la unidad necesaria, y 
sus ideas obligadas á brotar en horas de su cerebro- 
no se presentaban aún con el orden requerido. — Un 
año más de permanencia en la prensa— hubiera con- 
vertido á Gil en uno de los primeros escritores de su 
país. — Tenia base y aptitudes para ello. 

Desgraciadamente su acento viril, violento, caldea- 
do á veces por la pasión, que le era imposible reprimir, 
no podia ser escuchado con paciencia por los hombres 
del poder, á quienes atacaba duramente. Bajo la direc- 
ción de Gil La Razón sufrió cuatro ó cinco acusacio- 
nes del Fiscal del Crimen, de las que se hizo responsa- 
ble; pero ni esto, ni las amenazas de La Nación^ ni 
el espionaje, alcanzaban á doblegar su energía. Se re- 
currió entonces á la prisión, y Gil hubo de ocultarse 
primero y ausentarse después, no por temor, como se 



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- 104 - 

ha dicho por los que no le conocían, sino por no enca- 
rarse con las autoridades, con las que no quería tener 
relación de clase alguna. — [La mejor prueba de su en- 
tereza está en su muerte. 

No se crea, sin embargo, que la violencia del lenguaje 
y de las pasiones políticas de .Gil, provenían del odio, 
de la, ambición ó del partidarismo. Lejos de eso. — 
Es que tenia tan alta idea del bien y de la moralidad 
— que su corazón se irritaba con doble energía contra 
los que él consideraba que trasgredían sus deberes de 
ciudadanos ó de funcionarios públicos. Apartado de 
la atmósfera candente de la polémica, nadie tenía un 
corazón más generoso, una alma más sensible, y un 
juicio más tolerante. Su vida es un ejemplo de sa- 
crificios, de desprendimientos y de compasión por las 
desgracias y debilidades humanas. Activo é inteli- 
gente hubiera podido labrarse con sus propios esfuerzos 
una posición holgada — pero jamás se preocupó de 
su bienestar personal. Cuanto tenia, tanto daba. Du- 
rante su permanencia en Mercedes, al frente del estu- 
dio de su hermano Juan, dedicaba una buena parte de 
su trabajo y tiempo á las defensas de oficio, conside- 
rando haber obtenido un trijunfo el día que conseguía 
arrancar á un infeliz de las garras de la justicia. Y á 
muchos de ellos en vez de cobrarles honorarios les 
regalaba dinero de su bolsillo. Los principales escri- 
tos de Gil ante las autoridades judiciales, se refieren á 
la libertad personal y á los derechos individuales. 

Era en estrem&jnodesto. Jamás buscó el ruido de 
la popularidad. Esto, no obstante, conservaba un 
justo prestigio entre lo principal de la juventud, que 
le honró con sus votos elevándole á la dirección del 



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— 105 — 

Ateneo del Uruguay^ del Tiro y Gimnasio Moníevi* 
deano y del Club Progreso de Mercedes. Pocas veces 
se le habrá visto hablar en público, por esta razón, 
aunque sabía hacerlo cuando tenia fundados motivos 
para ello. 

Su carácter personal era más bien retraido que co- 
municativo. Habitualmente vivía encerrado en su 
gabinete, entregado á los libros. Era un lector in- 
cansable, y no solo leía mucho, sino que al mismo 
tiempo lo hacía con provecho — reteniendo con facili'- 
dad, en su poderosa memoria, ideas, pensamientos y 
frases. 

A pesar de su aparente aislamiento, era atento ob- 
servador y conocedor de los hombres. Tenía un tacto 
especial, rápido y seguro, para penetrar los pensa- 
mientos, adivinar las intenciones, apreciar las virtudes 
y condiciones morales é intelectuales de las personas. 

Constante con sus amigos era en extremo querido 
por su franqueza y generosidad. En el seno de la 
intimidad se mostraba siempre afable y espansivo — 
aunque era de carácter naturalmente serio y taciturno. 

Enérgico y bondadoso á la vez, pensativo y franco, 
este doble aspecto moral de su personalidad, se tra- 
ducía exactamente en su físico. — Alto, bien formado, 
caminaba ya con el cuello erguido, ya inclinado, según 
lo preocupara ó no algún pensamiento. Su cabeza, 
como dice Lamartine de la de Byron, podría servir de 
modelo á un escultor. La frente, asiento de las facul- 
tades mentales, aunque estrechada por su espesa cabe- 
llera, revelaba en sus desarrollos la inteligencia y la 
firmeza. Anchas y pobladas cejas resguardaban sus 
grandes ojos negros de un mirar fijo y profunda? 



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— 106 — 

mezcla á la vez de bondad y energía.— La nariz recta 
y proporcionada— el rostro ovalado — el cutis blanco 
sombreado de negra barba — que lo hacía más blanco 
todavía. 

Tal era el hombre cuya muerte lamenta la prensa de 
ambas orillas del Plata y llora la juventud uruguaya. 
— Extraña fatalidad la que nos persigue. — Berro, La- 
vandeira, Vidal, Vázquez — esperanzas de la Patria — 
bajaron á la tumba en la flor de la vida.— Ahora es 
Teófilo Gil, superior quizá á todos ellos, pues reunía 
en su sola personalidad las cualidades más brillantes 
que le adornaron. — Ha muerto con honra, en defensa 
de sus ideas, en cuya bondad y justicia creía sincera- 
mente. — Paz en su tumba! 



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xvn 

JUAN PEDRO SAMPERE 

Bosquejamos la de un joven, cuya existencia tron- 
chada se engrandece más en las pajinas de la historia 
por lo que hubiera podido realizar, dadas sus felices dis- 
posiciones, que por lo que su edad y sus fuerzas actua- 
les le permitieran emprender en la jornada de la vida. 

Era, por sus bellas cualidades, una esperanza ; por 
su resolución, sus aspiraciones y su labor intelectual, 
sino una personalidad hecha, al menos un elemento 
útil, que habia dado á la causa del progreso, dentro de 
su limitada esfera de actividad, cuanto fuera posible 
exigirle á sus facultades en embrión. 

El gobierno personal que domina en el país posee 
la rara virtud de destruir las fuerzas útiles, impidiendo 
su desarrollo ; mata en germen las inteligencias pode- 
rosas que surgen á la vida ó las corrompe al querer 
aquellas ejercitarse en la acción. Su obra de desquicio 
se refleja en estas existencias segadas. Abatir el viejo 
roble, á cuya sombra más de una generación restauró 
sus esfuerzos, no es ir contra la ley de la naturaleza ; 
pero matar en flor al que se levanta gallardo y arro- 
gante es privarnos no sólo de su fruto, en lo porvenir, 
sino hasta de la savia con que ha de nutrir otros ele- 
mentos de poder y de progreso. 



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— 108 — 

En el Quebracho no ha caido abatido el viejo roble ; 
ha sido el fruto del futuro, ese que los gobiernos dic- 
tatoriales temen, del que se ha privado á la patria. Las 
biografías anteriores, y las que más adelante publicare- 
mos, lo prueban acabadamente. La juventud ilustrada 
ha sido vencida y ultimada en esta lucha. Es el signo 
de una época, y el que caracteriza á los que asaltaron 
el poder en un dia luctuoso para los destinos de la na- 
cionalidad. Desde aquella " ingrata noche " vienen 
abatiéndose cabezas juveniles ; y la ilustración del país 
vaga, sin brújula ni derrotero, buscando una luz que la 
enseñe el camino de la victoria. No ha olvidado sus 
deberes, ni claudicado de sus opiniones ; tiene fé ; es- 
pera y confía ! 

¡ Cuan grande y elevada es la misión del que educa 
para el bien y tiende su mano protectora á la juventud, 
dispuesta ésta siempre á las fructíferas y nobles lides 
del pensamiento y de la acción ! Mas ¡ cuan raquítico 
y pequeño se ostenta en su grandeza el que hiere de 
muerte á los que han nacido con el sello del talento en 
la frente y un tesoro de virtudes en su corazón ! 

La vida se asemeja á un mar. — Hoy, su corriente 
mansa nos incita á bañarnos en sus ondas, para vigo- 
rizar nuestras fuerzas gastadas en la tarea ; mañana, 
nos invita á la contemplación de los restos náufragos 
que el embate de las olas ha arrojado á las playas. 
¡ Cuánta riqueza perdida y cuánto elemento de pro- 
greso inutilizado en ese duro batallar de la mar ! 



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109 — 




^^íf' 



C^*;><: 



Miradlo! Ahí está el Bachiller Juan Pedro Sam- 
PERF, uno de los que han caido en la jornada ; las 
ondas han podido más 
que él ; lo han arreba- 
tado á la salud de la 
patria ; al cariño de su 
hogar; al afecto de sus 
amigos; al amor de las 
letras ; y á las caricias 
de la fortuna que ya 
le estrechaba entre sus 
brazos. 

En la " Sociedad 
Universitaria" formó 
su carácter ; de pasio- 
nes ardientes, se afilió 
al Partido Nacional, de esa colectividad política que 
vaga en el ostracismo há más de veinte años, sin clau- 
dicar no obstante de su amor á los principios, pues 
como nos dice un amigo suyo, en carta á que más ade- 
lante nos referiremos, " era uno de sus partidarios más 
convencidos, pues creía que por su composición y sus 
principios era el único capaz para hacer la felicidad de 
su patria. " 

Joven, rico, próximo á terminar su carrera de abo- 
gado, modesto, abnegado, de carácter dulce, cariñoso 
con los suyos, — no pensó sino en la patria ; á ella 
consagró sus esfuerzos ; por ella y su causa política se 
sustrajo á las comodidades del hogar y al cariño de 
los suyos, ofreciendo á la revolución nacional su bra- 
zo y su inteligencia, rindiéndola su vida en el momen- 
to supremo ; abnegación y patriotismo tanto más 



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— no — 

ress^ltante, en esta época de positivismo, si se tiene 
presente que la muerte de su honrado padre, acaecida 
apénz^s hacía un año, le habia dejado poseedor de una 
gran fortuna ( más de 100,000 nacionales oro, ) y, por 
lo tanto, en condiciones de contribuir de una manera 
menos peligrosa á la realización del movimiento revo- 
lucionario. 

Era merecedor á una existencia larga y á una vejez 
tranquila, porque de ella la patria habría cosechado be- 
neficios : los frutos sazonados de su recto criterio. 

Ahí están los muertos en el Quebracho . para de- 
mostrar que ese gobierno usurpador no ha hecho sino 
abatir inteligencias de primera magnitud. Cada bala 
al chocar contra esos pechos revolucionarios segaba 
una cabeza jqven, inteligente, necesaria á la vida di- 
fícil de nuestros destinos nacionales. — La sangre de- 
rramada caiga spbre el culpable que los detiene en su 
jarrera de progreso ! Y mientras no brillen dias más 
serenos ocupémosnos en harrar la vida de la juventud 
asesinada en el Quebracho, — una de las tantas formas 
de ^ protesta de un pueblo,-— siquiera sea como una 
enseñanza para los buenos, como un ejemplo para 
los ni$os y para castigo y condena siempre de los 
malos. 'T— Es el recurso que queda á los que desde 
el extranjero miran á la patria *' sin porvenir ni luz, '^ 
esperandp con ansias luzca el día de la reparación na- 
cional á ñxi de que ese pueblo, mártir de su amor á las 
instituciones, honre á los que como Sampere dieron 
por la causOj lo que creyó de su deber : su entusiasmo 
y su vida ! Y mientras tanto, que los cadáveres de 
es^ juventud abnegada, caldeados por el sol de la ma- 
dre-^ tierra,— sin fosas y sin oraciones,— enseñen á 



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— 111 — 

los que sobrevivieron á la catástrofe y á los que prepá*- 
ron aquel acontecimiento desgraciadamente luctuoso^ 
que en este momento histórico la patria exige de sus 
hijos rasgos de verdadera grandeza moral : elevarse á 
las alturas y buscar, fijos los ojos en ideales purosj á los 
que, verdaderos ciudadanos, viven despojados de esas 
pequeñas miserias de la vida, indignas de las grahdes 
"austeridades morales que exige todo apostolado. *' 



Juan Pedro Sampere nació en el Pueblo de Minis 
( República Oriental del Uruguay) , el 7 de Diciembre 
de 1860. Fueron sus padres D. Juan Sampere, espa-» 
ñol, y D*. Juliana Ramos, oriental. Era sobrino carnal 
del erudito historiador Catalán Sr. D. Salvador Sam- 
pere y Miguel. 

Su niñez la pasó en Minas, donde adquirió los pri- 
meros rudimentos de educación primaria. A los 14 
años fué enviado á Montevideo para iniciarse en los 
estudios superiores, tocándole en suerte ser discípulo 
del competente educacionista Sr. Negrotto, director, 
por aquel entonces, del Seminario " Anglo Oriental^ " 
hoy residente en Buenos Aires. — Se distinguió nota- 
blemente en todos sus exámenes, como lo acreditan 
los diplomas y las medallas que con santo cariño con- 
serva su digna madre. 

Más tarde ingresó al Colegio de San Francisco, con 
el propósito de continuar la carrera de las letras ; pero 
no teniendo valor alguno, en la Universidad de la 
República, los exámenes á que fuera sometido en di- 
cho establecimiento, optó por rendir sus pruebas cien- 
tíficas amparado del Decreto - ley recientemente pr^- 



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— 112 — 

mulgado, que consagraba el gran principio de la liber- 
tad de estudios. Rindió sus exámenes libres, y cuatro 
años después recibía su diploma de Bachiller, habien- 
do obtenido clasificaciones brillantes que le merecie- 
ron felicitaciones calurosas, no sólo de sus compañeros 
sino también de sus examinadores. 

En la Facultad de Derecho, á la que ingresó muy 
luego, se distinguió por su contracción é inteligencia, 
lo que se atestigua por los elogios de sus catedráti- 
cos, examinadores y condiscípulos. Entre sus prue- 
bas como estudiante se encuentra -el trabajo leido en 
el aula, titulado " La Instrucción Pública, " que se re- 
gistra en las pajinas de la Revista de la Sociedad 
Universitaria i periódico que se edita en Montevideo 
bajo los auspicios de la asociación de dicho nombre. 

Su carrera de abogado estaba para terminarla ; el 
año 86 se graduaría de doctor en jurisprudencia ; pe- 
ro, — como nos dice un su amigo íntimo en carta que 
tenemos á la vista, y de la que entresacamos los datos 
que nos sirven para escribir estos rasgos, (i) ''el mo- 
vimiento revolucionario iniciado le preocupó más que 
sus estudios, porque creía que en él se hallaba la 
salvación de la patria; y como era hombre de corazón 
y amante exagerado de la libertad, la justicia y el dere- 
cho, no vaciló un instante en abandonar su familia, 
su bienestar, la carrera á terminar, todo, con elfin de 
armar su brazo y entregar su vida por una de las cau- 
sas más santas que registran los anales de nuestras 
luchas civiles. Fué uno de los primeros en alistarse 
entre las filas revolucionarias, desoyendo las súplicas 

l-oEl Sr. CárloB Lagomarsino, uno de los tantos hombres jórenes de la revolución. 



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— 118 — 

de la autora de sus dias y de sus amadas compañeras 
de la niñez que le prometían mandar á la revolución 
cuantos personaros quisiera siempre que se quedara en 
Buenos Aires. " 

Los Doctores D. Carlos M. de Pena y D. Ernesto 
Frías, — el primero, hábil y honrado abogado del fo- 
ro uruguayo ;— y el segundo, como excepción, digno 
magistrado en aquel país, — tenían á honor recibirlo 
en sus Estudios, para que practicara en la noble carrera 
que había abrazado y que pronto lo contaría entre sus 
más dignos representantes. 

La Sociedad Universitaria le debe un recuerdo ; á 
ella consagró sus esfuerzos intelectuales y mucha par- 
te de los dias de su corta existencia ; sus compañeros 
le distinguieron llevándole á ocupar altos y honoríficos 
puestos en la Junta Directiva y en la Comisión de Em- 
préstito nombrada para correr con los trabajos destina- 
dos á dotar á esa institución de un edificio propio ; fué 
asimismo solicitada su colaboración intelectual para la 
Revista de la Sociedad y veladas literarias, en que con 
amenidad y encanto difunde sus tendencias científicas 
esa benemérita asociación popular, honra y prez de la 
juventud uruguaya! 

La memoria del Bachiller D. Juan Pedro Sampe- 
RE vivirá, como culto imperecedero, en el corazón de 
sus amigos y de los buenos servidores de la causa 
nacional. Pedimos para éste, lo que para el inolvida- 
ble joven Doctor Segundo Posada : su retrato en el 
Salón de Sesiones Públicas de la Corporación Cientí- 
fica llamada Sociedad Universitaria, en la Repúbli- 
ca Oriental del Uruguay. 

15 



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xvín 



JUAN A. MAGARIÑOS VEYRA 

Al anuncio de .que en la Ciudad de Buenos Aires 
se reunía la emigración uruguaya, la juventud se au- 
sentó de la patria organizando un núcleo poderoso de 
elementos revolucionarios. Soñaban con los dias de 
bienestar que sus esfuerzos reservaban á los destinos 
nacionales. Con esa fe del apóstol y con el entusiasmo 
de la edad, aguardaban impacientes la hora de la par- 
tida, fastidiados ya de tanta espera que comenzaba 
á hacer flaquear los 
espíritus de algunos 
demasiado ardien- 
tes. 

Entre ese núcleo 
de almas jóvenes, 
dispuestas al sacrifi- 
cio, sedientas de li- 
bertad y de justicia, 
sin otra aspiración 
que la del amor al 
suelo do nacieron, 
desprovistas de esas 
impurezas que se 
allegan á nosotros 

en el trascurso de la vida, — se hallaba un joven de ojos 
celestes como el cielo de esa patria que tantas veces mi- 




^tí- 



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— 116 — 

rara, sombrío y pesado ; y de frente levantada por el 
alto pensamiento que en ella se encerraba. Era de 
carácter dulce y bondadoso ; virtuoso en su habla, de 
resolución inquebrantable, — y dotado de un valor se- 
reno y reposado. Poseía un corazón sensible á todas 
las desgracias humanas ; por aliviarlas se privaba con 
frecuencia de sus bienes de fortuna y hasta de lo indis- 
pensable para su subsistencia. 

Era una de esas criaturas á quienes la negra suerte 
nunca se cansó de perseguir ; cuanto emprendía era 
coronado por el mayor desastre, y no porque á ello no 
contrajera toda su dedicación, actividad é inteligencia. 
Antes de ofrecer su contingente de sangre á la causa 
revolucionaria desempeñaba las funciones de Comisa- 
rio á bordo del Vapor " Perseo, " que hacía la carrera 
entre Montevideo y el Paraguay. Esa estrella fatal que 
lo persiguiera alumbró por penúltima vez sus pasos en 
la vida, para que contemplara* á su fulgor, sereno y 
resignado, cómo el buque que montara se hundiera en 
las correntosas aguas del Paraná. Salva de ese nau- 
fragio y busca otro en las tormentosas ondas de la 
guerra, por las que es envuelto y arrebatado para 
siempre. 

Parecía que su espíritu buscara la muerte. Sus em- 
presas desgraciadas ; sus dolores de patriota y los del 
hijo que recientemente perdiera á la madre idolatrada ; 
sus conversaciones con nosotros al alejarse para la 
lucha; su cariño hacia al compañero de la infancia, á 
quien él, ya herido, pretende salvar ; sus últimas pala- 
bras al separarse el espíritu de su cuerpo; — todo parece 
revelarnos una de esas resoluciones supremas. Buen 
cristiano no atentaba contra su vida, pero la daba por 



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117 — 

la patria exponiéndola á las balas de los seides de la 
tiranía. 

Estas son las impresiones que se experimentan al re- 
correr los rasgos biográficos del joven amigo, muerto 
en el vigor de la edad, dejando un vacio verdadero en 
el seno de su hogar y en la memoria de sus amigos 
de causa y de la infancia. — Ahí van los rasgos biográ- 
ficos de tan modesta vida, — escritos por quien tanto 
le amara — y como un tributo que por éste le era de- 
bido, (i) De ellos resulti que Juan Antonio Magari- 
Ños Veyra, como la mayor parte de los muertos en el 
Quebracho, no tiene historia política ; — jóvenes, dieron 
á la posteridad un ejemplo ; á su causa, su sangre ; y á 
los potentados de la tierra una lección : morir sin his- 
toria es preferible á tenerla sangrienta. 

Hé aquí esos Rasgos Biográficos : 



Juan Antonio Magariños Veyra nació en Monte- 
video por el año mil ochocientos cincuenta y cinco. Era 
hijo de Juan Antonio Magariños Cervantes y de Con- 
cepción Veira y Galup. Siendo muy joven todavía^ 
empezó sus estudios en la Universidad Mayor de la 
República, pero abatida su constitución física por un 
principio de tísis^ enfermedad que ya había arrebatado 
al amor de sus padres á un hermano suyo, tuvo que 
abandonar completamente los estudios por mandato del 
médico. Viendo así cortada su carrera por la fatalidad 

1— Los BasgOB Biográficos son obra de su hermano el Bachiller D. ICateo Magariflos 
Veyra, su compafiero de fatigas. Este, tan modesto patriota y sano de corazón como 
BU hermano, nos deda en carta reciente : "En cuanto á los datos biográficos, ha 
sido tan mod^BtA Ift vida de mi pobre hermano, que, á la verdadi poco tengo qu« 
decirte. ^ 



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— 118 — 

de su débil organización, se dedicó á los trabajos del 
campo estableciéndose en una Estancia, en Santa Lucía, 
donde hizo una vida modestísima por espacio de ocho 
años, querido de todos sus pobres convecinos, de quie- 
nes era protector asiduo, desinteresado y por demás 
generoso ; pues no guardaba nada para sí. Todo el 
fruto de su trabajo de ocho años sirvió para secar 
muchas lágrimas y evitar la miseria á infinidad de fami- 
lias, que, sin su benéfica protección, hubieran caido 
en ella. 

Cualquiera que haya visitado nuestra campaña, de 
unos años á esta parte, comprenderá perfectamente 
nuestras palabras. Ningún hombre que sienta germinar 
en su corazón sentimientos generosos, puede mirar con 
indiferencia el estado de abandono en que ella se en- 
cuentra. 

Juan Antonio Magariños Veyra no podia mirar 
con indiferencia esa miseria. ¡ Así sintieron aque- 
llos pobres paisanos su prematura cuanto gloriosa 
muerte ! 

Vá á hacer próximamente un año que murió la ma- 
dre de este valiente, habiendo tenido, después de un 
precipitado viaje, el triste consuelo de recibir su último 
suspiro. Con este motivo abandonó los trabajos del 
campo, para él tan infructuosos, dada su sensibilidad 
para con la desgracia agena, y se empleó en un vapor 
que hacía la carrera de Montevideo al Paraguay. 

Por ese entonces se hacían con precipitación febril 
los preparativos de la Revolución que tan triste 
como infructuosamente habia de concluir en el Que- 
bracho. 



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— 119 — 

Juan Antonio MagariSos Veyra, dotado de una al- 
ma valerosa y pura, llena de patriótico entusiasmo, no 
podía permanecer tranquilo ante el hermoso espectácu- 
lo del gran movimiento popular que se preparaba en su 
querida patria, para derrocar á los que la humillan en 
medio del estruendoso aparato de sus orgías escanda- 
losas, iluminadas por los resplandores rojizos de sus 
crímenes inauditos! 

No sólo por sus convicciones personales era Juan 
Antonio Magariños Veyra uno de los soldados obli- 
gados de la Revolución, sino también por ley de he- 
rencia, y por tradición liberal. Su padre luchó nueve 
anos en el Sitio de Montevideo, y su tio Juan Pablo 
Veira, murió, coincidencia notable, en el Quebracho 
Herrado de la República Argentina, peleando á las ór- 
denes del General Lavalle contra el tirano Rosas. 

Se enroló, pues, en la Revolución, entrando como 
soldado en el Batallón i'' que mandaba el Comandante 
Dominguez. Inmediatamente se hizo querer de todos 
sus compañeros, por la bondad de su carácter y su 
estoica paciencia para sufrir, sin quejarse, el cúmulo de 
penalidades que experimentaron los revolucionarios 
en la triste peregrinación que hicieron al cruzar las 
Provincias de Corrientes y Entre-Rios, antes de inva- 
dir á la República Oriental. 

" Cuando el hombre se decide á una cosa, decia á sus 
compañeros abatidos, debe llegar hasta el fin sin que- 
jarse. . Su queja en estos momentos es un signo de 
arrepentimiento, y yo nunca me arrepiento del cum- 
plimiento de mi deber, por más duro que éste sea, " 

Pisaron por fin los revolucionarios las deseadas 
playas Uruguayas. Ya se han descrito hasta el cansan- 



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— 120 — 

cío los sufrimientos de estos, antes y después del des- 
embarco. Me concretaré solamente á describir el mo- 
mento y la manera cómo murió Magariftos Veira, en 
el memorable dia del treinta y uno de Marzo. Los 
revolucionarios estaban derrotados completamente. Se 
retiraban de una manera desastrosa bajo una lluvia de 
balas, completamente desorganizados, sin jefes, sin 
rumbo fijo, muertos de cansancio, de hambre y de sed. 
Era una masa informe de hombres pálidos, jadean- 
tes, que se estrechaban y se movian automática- 
mente. Unos treinta ó cuarenta de entre ellos, des- 
esperados de morir tan miserablemente por la espalda, 
sin defenderse, se desprendieron del grupo, formándose 
en guerrilla, para tener el consuelo, al menos, de morir 
matando ! Uno de los que salieron fué Juan Antonio 
Magariños Veyra, á pesar de estar herido ya de un ba- 
lazo en el muslo derecho. Empezó entonces una lucha 
tremenda, desigual. Cincuenta hombres peleaban de- 
sesperadamente contra todas las fuerzas del Gobierno. 
Magariños Veyra viendo á su hermano Mateo en la 
guerrilla no pensó sino en salvarlo á toda costa, y heri- 
do como estaba se ingenió para traerle un caballo y 
hacerlo huir. Su hermano, rechazando la oferta, le 
contestó : *' yo no tengo ni un rasguño, tú que estás 
herido vete, ya has cumplido con t\i deber. No puede 
exigirse más al hombre. '' Irritado con esta contesta- 
ción, ó no queriendo sobrevivir á la derrota, se arrojó 
del caballo, y caminando á duras penas siguió pelean- 
do al lado de su compañero. Un nuevo balazo le des- 
trozó la pierna. Iba á caer, cuando su hermano quiso 
socorrerlo. Lo rechazó enérgicamente, diciéndole: 
—"Vete á cumplir con tu deber". No bien había 



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— 121 — 

pronunciado estas palabras caía de boca á los pies de 
su desconsolado hermano, destrozado el cráneo de un 
balazo ! 

Este se inclina hacia él, le mira, le palpa el rostro 
y se convence de su tremenda desgracia. 

i Estaba muerto ! 



16 



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XIX 
ALFREDO M. GIMÉNEZ 



Caando ésta llegue á ta poder estaré 
estrechando entre mis brazos el arma 
qae ha de defenderla. 

(Párrafo de carta de Alfredo Qvmenez 
á 8U señora madre, ) 

Y su abrazo fué t?n estrecho que el soldado 

quedó armado mártir en el campo de la lucha. Su 
frente, al chocar con- 
tra la madre tierra, ha 
de haber incrustado en 
ella, como si fuera ce- 
ra, el pensamiento que 
trabajara su cerebro — 
Tal demuestra ser la 
fuerza de su voluntad, 
al leer sus últimas car- 
tas. 

Por eso allí nace- 
rán otros mártires ; ese 
suelo ha sido abonado 
con sangre de quienes 
siempre han soñado con la libertad, el derecho y la 
justicia. 

La juventud dá cuanto tiene en holocausto á la 
causa de las ideas : — su talento, su vida, su sangre, sus 
esfuerzos y su fortuna. No retrocede, porque no mi- 
de los obstáculos ', se siente fuerte cuando una pasión 




^¡¡tíW' 



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— 124 — 

la absorbe ; es ciega y fanática en medio á las grandes 
dificultades, á los descorazonamientos de los pobres 
de espíritu y á los desalientos de los de la edad madu- 
ra ; se engrandece en esos instantes en que todo pa- 
rece abandonarla, quedándose sola, y entonces se 
yergue como un gigante al sentir que la serpiente de 
la indiferencia y de la cobardia pretende enroscar su 
corazón, nacido para la lucha. Ah ! ¡ cuan bella y 
hermosa es entonces su figura, con la expresión del 
patriotismo en sus labios y el signo de la fortaleza en su 
mirada ! Su apostura es noble y levantada. Mientras 
con su diestra enseña el camino de la victoria ó el de 
la derrota honrosa, su cabeza surge altiva de sus hom- 
bros sostenidos por un tórax donde arden como en 
revuelto mar de fuego todos los acentos de la indigna- 
ción y todos los dolores, prontos á estallar como la com- 
primida lava de un volcan. — Para ella el sacrificio es 
el acto más natural de la existencia ; lo realiza con la 
mayor tranquilidad de espíritu, sin hacerse esfuerzos ; 
la acción es su vida y la inacción su muerte.— Se con- 
mueve ante los grandes hechos:— se indigna si son 
obra de la perversidad ó se siente satisfecha si son el 
producto del esfuerzo virtuoso. En uno y en otro 
caso nada la detiene ; su brazo se levanta ya para 
herir al autor del acto reprobado, ya para atraer contra 
su pecho al que ha herido las fibras más sensibles del 
organismo humano realizando una proeza digna de 
perpetuarse en las pajinas de la historia. 

Así se explica que la juventud uruguaya, herida en 
sus más caras afecciones, perseguida en sus ideales 
políticos, respondiera unánime al movimiento de opi- 
nión operado en el país, y siguiera resuelta el camino 



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— 125 — 

revolucionario sin preocuparse de detalles que llama- 
ban la atención de muchos de los buenos ciudadanos. 
— Ella no veía sino al tirano de la patria ; habia que 
destronarlo, cualquiera que fuese el medio á emplearse; 
y sin más norte obedecía sumisa, humilde, abnegada 
y silenciosa las prescripciones de los directores de esa 
jornada que tan desgraciadamente terminara en el 
Quebracho, sin queá muchos nos sorprendiera el para 
otros tan inesperado desenlace. 

Entre esa juventud se hallaba Alfredo M. Giménez. 
Su ausencia de la patria no había sido bastante para 
desarraigar de su pecho el amor hacia ella. Vivía en 
Buenos Aires desde sus más tiernos años, y al llamado 
de aquel cielo que le viera nacer un grito dejóse oir : 
¡ Ya verán como se baten los de Mercedes ! dijo, y 
pronto, rápido como el rayo, se enroló, poseido de los 
más patrióticos sentimientos, que reflejados quedan 
en carta dirigida por él á su querida madre en Marzo 
17 de 1886. 

Decia así : 

Sa. Da. Antonia P. de Giménez. 

Querida mamá : 
La Patria gime y clama por sus verdaderos hijos, 
y como yo me considero uno de sus lejítimos acudo 
á su llamado. La causa que voy á defender no puede 
ser más santa, y puedes quedar altamente orguUosa 
de que uno de tus hijos se sacrifique por una de las 
más grandes : la de libertar su patria de la opresión 
en que se encuentra. Cuando ésta llegue á tu poder 
estaré estrechando entre mis brazos el arma que ha 
de defenderla. Espero de tu buen corazón te resignes 



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— 126 — 

á sufrir hasta mi vuelta, que ha de ser muy pronto, 
cubierto de lauros que sabré conquistar con algunos 
sacrificios. 

Adiós, pues, y hasta la vuelta. 

Tu hijo 

Alfredo, 

La vuelta ha de ser muy pronto^ cubierto de lauros 
que sabré conquistar con algunos sacrificios ! 

Y á f é que bien pronto fué la vuelta, pero hacia el 
cielo de la inmortalidad, adornada su sien con los lau- 
ros del martirio. 

¡ Gloria al esforzado joven ! y resignación para la 
que, como él decia, puede estar orgullosa de que uno de 
sus hijos se sacrifique por libertar á la patria de la 
opresión en que se encíientra. 



Alfredo M. Giménez nació en Mercedes (R. O.), 
el 1° de Enero de 1862. Era hijo de Antonio S. Gi- 
ménez, honrado y antiguo vecino de aquella localidad, 
y de la virtuosa matrona D.* Antonia Pereyra, herma- 
na del Comandante D. Demetrio Pereyra. 

Se educó en el Colegio San José de Buenos Aires, 
bajo la protección de su hermano mayor Ensebio, 
convertido en su verdadero padre después de la or- 
fandad en que quedaron desde muy niños. En el 
referido Colegio se distinguió como dibujante, obte- 
niendo siempre los primeros premios. Luego pasó 
á la Universidad dando comienzo á los estudios pre- 
paratorios de Ingeniería, los que abandonó en seguida 
para ocuparse del trabajo por la existencia. Ingresó 



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— 127 — 

entonces á la Escribanía de su hermano Eusebío, en la 
que permaneció largo tiempo con la intención de seguir 
la carrera de Escribano, la que ya conocía bastante 
bien. Mas tarde pasó á desempeñar un empleo en la 
casa de Gobierno Nacional, renunciándolo algún tiem- 
po después para ocupar el puesto de dependiente con 
D. Diego Saavedra. 

No carecía de inteligencia ni de conocimientos ge- 
nerales ; cultivaba siempre d dibujo, por el que tenia 
especial predilección ; y manejaba el compás con tanta 
habilidad como la pluma, siendo tan buen dibujante 
como aventajado pendolista. 

Tenía un carácter alegre y expansivo, lleno de 
ocurrencias oportunas; pero en lo relativo á sus inti- 
midades guardaba con frecuencia la reserva más com- 
pleta. 

Fué siempre honrado y cumplido caballero. De 
maneras cultas y comportamiento delicado, logró con- 
quistarse no pocas simpatías en el seno de la sociedad 
bonaerense. 

Durante la revolución del 8o, en Buenos Aires, se 
contó en el número de los que defendieron la plaza 
sitiada, batiéndose, como buen soldado, en las trin- 
cheras, durante la sangrienta jornada del 21 de Junio. 
Este hecho honroso, que trató de ocultar modesta- 
mente, lo ignoraron las personas de su más íntima 
amistad hasta mucho después de ocurridos aquellos 
sucesos políticos. 

Cuando los trabajos del desgraciado movimiento 
revolucionario que encabezó el General Arredondo 
empezaron á tomar cuerpo, manifestó á sus amigos el 
deseo de irse á la revolución. Más que un deseo era 



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— 128 — 

en él una resolución irrevocable, como se víó muy 
luego ; pero debido á su espíritu travieso, bromista y 
alegre fueron pocos los que le creyeron. Todos, sin 
embargo, bien pronto se convencieron de ello al reci- 
birse de Concordia la carta que dirigió á su buen her- 
mano Ensebio, concebida en estos términos : 

Concordia, 17 de Marzo de 1886. 

Querido hermano : 

Esta tiene por objeto comunicarte la resolución que 
he tomado de formar en las ñlas de la revolución. 

Aunque es algo imprudente, y á la vez arriesgado, 
no tengo un chiquito de miedo ; así que existe en mí 
la convicción de conducirme como un verdadero sol' 
dcuio. 

Te estimaré no escribas ni una sola carta ; lo mismo 
se lo dirás á mamá, porque toda clase de consejos 
que de allí vengan no servirán sino para arraigar más 
mi resolución. 

Recibe un abrazo y adiós. 

Alfredo M. Giménez. 

Como se vé, había meditado sus planes con calma ; 
haber intentado disuadirlo habría sido inútil dadas la 
firmeza y decisión que revelan sus palabras ; y para 
prevenir todo consejo y eludir reproches sellaba los 
labios de su hermano con esa carta, siguiendo esta 
vez, como casi siempre, la conducta de reserva que 
era en él peculiar tratándose de sus pensamientos 
íntimos. 

Para trasladarse á Concordia prefirió la via directa 
del Uruguay á la del Paraná, que otros siguieron. Una 



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— 129 — 

vez en dicho punto tomó el tren pasando á Naranjito, 
donde se hallaba campado el Ejército revolucionario. 
Allí se presentó como soldado al Comandante Domín- 
guez, jefe del i® de Infantería, quedando enrolado 
como tal en la i* compaftia de dicho Cuerpo que man- 
daba el Dn D. Luis Melian Lafinun 

En el Quebracho se batió con un valor sereno, se- 
gún el testimonio del Dn Gil y otros que le conocian* 
Relata aquel que estando Giménez ya herido en un 
brazo continuaba haciendo fuego con el mismo entu- 
siasmo y sangre fría que había demostrado desde el 
principio de la acción, y agrega que al encontrarse 
con él, en aquellos momentos de angustia le dijo • 
/ Qué le parece Dr. ? así se baten los de Mercedes I 
Estas fueron las últimas palabras que el Dr, Gil escu- 
chó de sus labios, al separarse de él. Instantes des- 
pués otra bala enemiga atravesaba el corazón del 
valeroso joven, apagando en su pecho la pasión ar- 
diente por la patria y por la justa y noble causa que 
defendia, dejándole cadáver y abrazado para siempre 
á su arma y á su madre tierra. 

Persona allegada á nuestro valiente amigo de causa, 
á quien pedíamos los datos biográficos en que se ba- 
san estas líneas, nos decía al finalizar su carta : 

" Cuando á la madre de Washington le daban la 
noticia de haber obtenido su hijo una gran victoria ella 
contestaba sencillamente : ^* Jorge ha cumplido con un 
deber ". Sin tener la pretensión, porque sería ridículo, 
de comparar á Alfredo con aquel célebre General, y 
sin que se le deba victoria alguna, me consuela no obs- 
tante que haya sabido cumplir con su deber como 
buen ciudadano, abandonando el cariño de su madre 



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— 130 — 

y saqríñcando su vida para combatir á los opresores de 
la patria. Como Vd, vé, mi querido Dr., no hay tema 
para que se detenga en él su pluma, sino generalida- 
des propias de nuestros compatriotas en quienes es 
proverbial el valor y la abnegación. '' 

Cuan grave error ! Los que quedan en el llano ; los 
que caen en medio á la jornada marchando por la es- 
téril región que cerca á la escarpada roca, do, según 
Simónides, habita la virtud generosa, poseen también 
historia : la de los bien amados de los dioses. Sus me- 
morias viven en el corazón de los buenos para enseñar 
á la posteridad que si no han ascendido á la elevada 
cumbre, al menos se le acercaron bastante, avanzando 
gran trecho de esa estéril región que la rodea, en la que 
lucharon heroicamente por 

" llegar á la suprema alteza 

De una excelsa y sublime fortaleza.". 



IN 



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i3iÑrr)ioEi 



Páginas 

Dedicatoria ......^ , — 

Elementos Honrados 5 

Trancisoo A. Vidal 9 

Máximo Santos 13 

Una Operación Dinástica 17 

Delito de Lesa-Nación 25 

Política Nacional 29 

£1 Perdón y las Mutilaciones 33 

£1 Vencedor en el Quebracho 87 

La Clemencia etc 41 

Jefes de Partido etc 47 

Los Hombres de Corazón.......; - ^ 53 

Los Amigos del tirano 57 

Manifestación de Principios 65 

Rasgos Biográficos • 71 

Jnlian Urán 73 

El Dr. Segundo Posada 83 

Teófilo D. Gil : 93 

Juan Pedro Sampere ~.... 107 

Juan A. Magariños Veyra 11^ 

Alfredo M. Giménez 123 



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